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Vio con perplejidad como Aníbal vulneraba la ley de la gravedad, y levitaba por encima de ella. Algo estaba pasando en su interior; su cuerpo desnudo estaba empezando a quebrarse, y la luz y la sangre se mezclaban con atenazadores alaridos, que el muchacho no paraba de emitir.
Luego, todo su cuerpo se entintó de negro como si estuviera enteramente quemado, y se fue descomponiendo en cuadraditos muy pequeños, como cuando hizo Sua anteriormente para convertirse en dragón. Sin embargo, Aníbal no se transformaría en un dragón…
Entre inquietantes quejidos y lamentos, desapareció ante la aterrorizada mirada de Samanta, quien consternada y desolada decidió continuar hacia delante ella sola, y salir de ese agujero que aún seguía derrumbándose. Se apoyó en la pared para dar el siguiente paso con cuidado de no pisar ninguno de los cachitos en los que Aníbal se había fragmentado.
Justo entonces, Sami observó como de uno de los cuadraditos salía humo y ceniza después… Cada uno de ellos corría a encajarse con otro como si fueran las piezas de un puzzle…
Samanta no quería ya quedarse a curiosear… Sólo le preocupaba salir de allí…
Debía llegar hasta la salida; no pensaba en otra cosa… Cuanta más prisa se daba, más largo parecía hacerse el pasillo. Hasta que no pudo escoger entre perder de vista o no al inexistente ya Aníbal.
La sobrevoló: los pedacitos de Aníbal se habían unido y habían conformado el cuerpo nebuloso y vaporoso de un Ser de Niebla.
71Estaba preocupada por lo que le estaba sucediendo a Aníbal. Se ahogaba y con cada tos convulsionaba una parte de su cuerpo.
El conducto empezaba a cerrarse, pillando la cabeza de Sua que no dejaba de rugir furioso… Mientras, Aníbal se había caído, y Samanta intentaba calmarlo, a la vez que vigilaba que el fuego no les sorprendiera.
Cada vez el agujero del Ser de Luz era más angosto y apretado… ¡Se estaba encogiendo! ¡Se derrumbaba también! Las fuertes embestidas del dragón por querer entrar, realmente estaban haciendo que todo se hundiera.
Sua, vencido ya, tuvo que sacar la cabeza del agujero y dejar que se sellara herméticamente. Así es como se quedó rabioso en el Averno; Samanta hizo un gesto de satisfacción, pero todavía tenían que salir de allí.
De repente, Aníbal se levantó como si le hubieran tocado un resorte y se puso en frente de la chica impidiendo la
marcha.
- ¿Qué estás haciendo? -, indagó ella ambigua.
- Nuestro lugar está en el Averno… Nos debemos a Sua… Nuestro lugar está en el Averno… Nos debemos a Sua… Nuestro lugar está en el Averno… -, repetía Aníbal, comenzando a levitar, tras bruscamente haberse quitado toda la ropa.
La visión de Samanta se volvió borrosa, y sintió como si su propia debilidad se la estuviera comiendo a bocados.
70
No entendía que Nadia no hubiera entrado ya por la espiral, y la miró intrigante.
- No voy a ir con vosotros, Sami… Alguien tiene que quedarse aquí para cuidar de Teo y tengo que ser yo. Lo siento, pero ya no podéis contar conmigo -, explicó.
- ¡Sabes que no hay muchas opciones para salir del Averno…! ¡Si no sales pronto de aquí acabarás convirtiéndote en un Ser de Niebla! -.
- ¡Eso es lo que pasará… es mi destino! ¡Mi destino debe cumplirse como el de todos los que vinieron a este lugar por haber cometido una falta grave en sus vidas! ¿Lo entiendes? ¡Me lo tengo merecido, asesiné a otra señora! ¡No es justo que no pague del todo por ello, Samanta! ¡Lo entenderás, yo sé que lo entenderás! -, dijo la mujer, antes de que todo empezara a temblar.
Las paredes del agujero parecía que se iban a derrumbar. Samanta intentaba sostenerse en pie, cuando unos pasos más adelante vio que Aníbal tosía fuertemente y se ahogaba grave, mientras se sujetaba nerviosamente a los muros. Se volvió hacia Nadia otra vez, pero ella ya no estaba allí.
En su lugar, pudo ver la cabeza del Dragón Sua que intentaba colarse por la espiral para darles caza. No alcanzaba a entrar por el estrecho agujero, no obstante, no dejaba de intentar a empujones que se ensanchara y poder pasar por el túnel.
Corrió hacia Aníbal, cuyas expectoraciones y toses eran cada vez más depravadas y espeluznantes. Su palidez asustaba, y Sami lo arrastraba hacia delante, obviando que el fuego de Sua casi les llegaba a los talones.
69No se atrevía a abrir los ojos, pero a Samanta le daba la impresión de estar flotando en el aire, a unos metros del suelo. Poco a poco fue separando los párpados y comprobó que su idea era la correcta: se hallaba braceando en el viento.
Suspiró serenada al ver como allí abajo todos iban a felicitarla por su valentía de haberse tirado desde lo alto de la fortaleza. Estaban Silvia, Nadia y La Niña, que la ayudaron a ponerse en vertical.
- ¿Qué es esto? ¿Me he muerto y estoy en el cielo?-, preguntó Sami entre risotadas nerviosas.
- Pregúntale a Sua que sigue ahí arriba… Bajará a buscarnos en cuanto rompa la puerta -, interrumpió Aníbal, antes de que Nadia pudiera decir nada.
Él había bajado desde el ático de la misma forma que Samanta, sin embargo ya lo había hecho antes y no estaba tan asustado con el levitamiento de después de la caída. Era preciso que huyeran de allí, no fuera a presentarse el diabólico dragón.
No pararon de correr, hasta que no llegaron al lugar oculto donde estaban los anillos de albor y luminiscencia, el agujero madurado por el Ser de Luz, para que
Tirso y La Niña pudieran volver al mundo de los mortales, junto a sus amigas Silvia y Samanta. En breve, Tirso apareció y estuvo platicando a Nadia que había examinado escrupulosamente las heridas de Teo, y parecía que el avance de esa especie de gangrena repugnante había frenado de momento.
La Niña y Silvia, seguidas muy de cerca por Tirso, se encaminaron por los aros luminosos. Cuando Sami y Aníbal penetraron por aquel pasillo fosforescente, ya se había expandido y ni siquiera se podía ver a los que habían partido.
Samanta se dio la vuelta, y vio que Nadia no entraba a la espiral…
Samanta estaba cayendo al vacío desde lo más alto de la fortaleza. De espaldas al suelo, sólo podía ver a Aníbal que también se preparaba para saltar.
¿Podría ser cierto eso que le dijo antes de despedirla de que ya estaban muertos? No tenía ninguna duda en que era por eso por lo que él había llegado al Averno, pero lo de Sami había sido distinto. Ésta había sido absorbida por el agujero negro de Sua… Quizá Aníbal tenía razón y eso era suficiente como para que la vida, tal y como la conocemos, hubiera llegado a su fin.
Aunque fuera un error pensar en ello, estaba a punto de estrellarse contra el suelo, y su muerte era obvia en unos pocos segundos.
Después de llegar a la conclusión de que ya todo era igual, Samanta se puso a gritar perdida ya toda esperanza. Cerró los ojos y esperó que el golpe de su caída, pese a que irremediablemente fuera mortal, no fuera tan intenso como para no poderlo soportar.
Su corazón se había acelerado y estaba dándole una taquicardia. Se preparó para lo peor, ya que no podía hacerlo para otra cosa. No le quedaban ya más de diez metros para que se rompiese contra el suelo, y Sami cerró los ojos proyectando que no los iba a abrir de nuevo.
El roce de su piel con el aire no la dejaba huir de su fatal designio. Nada la haría despertar de esta fatal pesadilla… No habría más tiempo de pensar, nunca habría ninguna opción para salir de allí… Las imágenes de su vida se iban agolpando en su psique; hasta que todo se bloqueó y se tiñó de oscuridad…
67 Entre todos los que estaban colocaron todo lo que había por allí abandonado, obstruyendo la puerta de acceso al ático. Todos, menos Samanta, que estaba desconsolada pensando que todo lo que hicieran era inútil y una pérdida de tiempo.
Sua estaba ya detrás de la puerta dando certeros empujones.
- ¡Es inútil, Aníbal! ¡No vamos a poder escapar…! ¡En cuanto derrumbe la puerta no tenemos donde escondernos, hará lo que quiera con nosotros…! ¡Yo quiero salir de aquí, sólo quiero salir de este sitio! -, bramaba Sami alterada.
Entonces, Aníbal señaló a los hombres que quedaban, a los que Teo había sacado del calabozo y sentenció:
- Haremos como ellos, saltaremos y nos posaremos en el suelo exterior a la fortaleza -.
Era verdad que los hombres se habían puesto en fila, y se tiraban uno detrás de otro desde la parte más alta del edificio. Samanta se asomó y vio
que su caída frenaba en seco, y se posaban en el suelo suavemente sin el más mínimo golpe, desafiando absolutamente la gravedad, como quería hacer Aníbal.
- Yo no voy a morir así… -.
- No seas tonta, no nos vamos a estampar contra el suelo…¡Estamos muertos ya, Sami! -, dijo Aníbal aprovechando la confusión de la chica para empujarla hacia afuera.
Intentaba agarrarse a lo que fuera, pero no tuvo éxito…
66La reconversión de Sua había sido tan impresionante que a Samanta no le reaccionaban las piernas. El monstruoso dragón miró con odio y resentimiento al Ser de Niebla por haber dejado que Aníbal escapara, y se acercó hasta él impetuoso; el ente se agachó sabiendo que por su error no le esperaba nada bueno, y el ser demoníaco e infernal abrió descompensadamente sus terribles fauces y comenzó a devorarlo lentamente como si fuera una boa descomunal.
Aníbal y Samanta estaban descolocados, pero esto, les daba un tiempo fabuloso para huir de la fortaleza… La puerta estaba cerrada… Intentaron desatrancarla sin éxito, así que decidieron subir por las escaleras, como habían hecho anteriormente los sujetos del sótano.
- ¡Deprisa, Sami! ¡Por aquí, por aquí! -.
Ya no podía correr más. Se le iba a salir el corazón por la boca… Tenían detrás al dragón, cuando ella empezó a sentir que no podía respirar, que no podía tomar aire. Sabía que entonces las fuerzas no debían flaquearle, y tenía que sacarlas de donde fuera.
Alcanzaron la azotea del edificio, pero allí ya sólo quedaban unos pocos; eran más de diez los que habían subido, y ahora estaban allí menos de cuatro.

Aníbal soltó a la chica, y fue a parlamentar con ellos a contrarreloj, antes de que el animal atípico coronara.
Por suerte, Aníbal logró escabullirse fácilmente del Ser de Niebla, gracias a que éste se había despistado, fijándose en la aparición del abominable Sua, que con sus ojos rojos y magnetizadores pretendía atraer hacia sí a Samanta.
Justo cuando el chico se sentía ya liberado, la criatura sacó su látigo, y alcanzó a enroscárselo en el pie. Emitió un lastimoso quejido al caer al suelo, y se agarró de lo único que en ese momento le pareció algo más firme; del tobillo de Sami, que al perder el equilibrio, y verse derribada en el piso, volvió a su ser, y recuperó su consciencia plenamente despejándose por completo.
A Sua debió molestarle haber perdido el efecto hipnótico en la chica, pero se centró en su transformación. Empezó a descomponerse en cuadraditos, que como él había ido haciendo hasta ese instante, empezaron autónomamente a aumentar de tamaño…
Mientras, Samanta tiraba del joven todo lo que podía para que no acabara en las garras del fantasma. Además del físico, fue todo un esfuerzo psíquico salvar a Aníbal; y más, cuando recordaba que él era el principal culpable de que se vieran en ese embrollo… Si él no le hubiera contado los planes que tenían a Sua, habrían sacado a Silvia de allí sin tantas dificultades, y hasta ya hubieran atravesado el agujero del Ser de Luz, habiendo dejado bien atrás el Averno de Sua.
Consiguió soltar a Aníbal de su captor…
- ¡Me has salvado, Sami! -, exclamó Aníbal, sabiendo que no confiaba nada en él.
- Supongo que te he perdonado, pero eso es sólo un acto voluntario… Olvidarlo es otra cosa -, precisó ella.
Se volvieron hacia Sua, y sí que había cambiado. Todos los cuadraditos que antes Sami había visto que se fueron repartiendo por toda la sala, se habían vuelto a reunir para formar un magnánimo dragón de fuego y ardor.
Samanta dejó de examinar la lucha entre Aníbal y el Ser de Niebla, para cotejar a qué venía el excesivo nerviosismo de los expresidiarios de Sua, que exigían que saliera rápidamente de la fortaleza. Muchos de ellos habían abandonado el edificio, pero todavía quedaba alguno, menos que una docena, exhortando a Sami para que huyera de allí, antes de que él llegara.
Exactamente como ellos temían, Sua apareció en la entrada muy
enojado, echando espuma por la boca y gritando que nadie iba a lograr desertar del Averno. Sus ojos rojos inyectados en sangre, recordaron a Samanta la primera vez que lo vio antes de que conociera que en el mismo mundo había otros solapados; otras dimensiones a las que uno podía llegar a través de dos clases de agujeros negros… los de Sua que absorbían todo vorazmente hacia el Averno, y los del Ser de Luz por los que la elección de escogerlos sería libre y voluntaria…
Esta vez el Ser de Luz no estaba para sacar a Samanta del entuerto… Ahí plantada, no se le ocurría qué podía hacer. Los que habían residido en el sótano de aquel sitio por tanto tiempo subían hacia arriba con premura.
A Sami la estaba hipnotizando con esos ojos de serpiente carmesí, e iba notando cómo los párpados le iban pesando cada vez más… Se sentía irremediablemente atraída hacia Sua, y lentamente empezó a caminar hacia él…
El tamaño del monstruo había empezado a aumentar sin que a la muchacha pudiera afectarle ni estremecerle su tremenda imposición, y seguía su lenta progresión hacia el monstruo incólume y fiero.
- ¡Va a mutar! ¡Va a mutar! ¡Seguid subiendo! ¡Vamos, rápido! -, vociferaban los que antes ya habían visto enajenado a Sua.
63Unos cuantos huyeron precipitadamente fuera de la fortaleza, la mayoría; y otros, intentaban convencer a Samanta para que no se entretuviera y escapara inmediatamente.
- ¡Un momento! ¡Solamente, quiero asegurarme de algo! -, propuso la chica. Ella quería comprobar si eran ciertas sus sospechas de que Aníbal informaba a Sua y a los Seres de Niebla del plan de salvamento para Silvia y todos los demás recluidos allí.
Desde donde estaba, Sami podía verle intranquilo, divisando hasta el horizonte a través de aquel ventanal de cristales opacos desde el exterior, y panorámica visión luminosa desde el interior. La duda de por qué había salvado a Teo, si estaba de parte de los otros, era evidente, pese a que no entendía que Sua le hubiera dejado libre.
Aníbal mientras tanto, discutía con alguien más que había en la sala si debía ponerse de parte de uno o de otros. El receptor se movió a un lado, y Sami pudo ver que era el recién convertido en Ser de Niebla, el coreano:
- Unirte a ellos porque creas que te van a sacar de aquí es un error, Aníbal. Sua ya sabe que esos humanos intentan escapar; no lo van a conseguir… él mismo viene hacia aquí en estos momentos… Y yo tengo que hacerlo, tengo que reducirte… Estoy a sus órdenes -, expuso el ente con voz ronca y execrable.
Quiso salir de la estancia, pero el Ser de Niebla se creció y se interpuso entre la puerta y Aníbal…
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