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Samanta ya no sabía ni qué hacer. Abrió los ojos.
Se había dado la vuelta hacia el lado contrario a ese alguien, o quizá esa cosa, que respiraba arrítmicamente a su espalda. Al rezongar este ser invisible hasta el momento, Samanta no pudo dominarse por más tiempo en la cama tumbada, totalmente impasible, y conteniendo la respiración.
Se levantó exaltada en medio de la oscuridad y, a tientas, encontró una silla que empuñó como arma arrojadiza. 
Gimoteaba por toda la habitación, rendida al no haber encontrado eso que tanto la había asustado.
-¿Dónde estás, dónde? ¡No me asustas…! ¿No vas a presentarte? ¡Eres un cobarde, un miedoso! ¡Un gallina medroso! ¡Un capón espantado! ¡Vete ya y déjame en paz! -, gritaba histérica, como fuera de sí.
Hacía mil y un aspavientos en la oscuridad, tirando con la silla, los papeles que tenía sobre la mesa, los libros que tenía en las baldas, el despertador y la lámpara que estaban en la mesilla… Nada más, nada de lo terrorífico y espantoso, que Samanta esperaba encontrar.
Rendida y convencida ya de que todo había sido resultado del sueño y el estrés, dejó la silla, y comenzó a palpar la pared para localizar el interruptor de la luz.
Justo iba a encontrarlo, cuando vio algo que la dejó inmóvil… El acuario, era el acuario… Algo raro pasaba…
El acuario burbujeaba, borboteaba, echaba espuma… era como si hirviera. Los destellos blancos y azules que de él salían, iluminaban toda la habitación.
Era una noche normal. Samanta se acostó agobiada porque le sobrevenían pensamientos sobre los problemas con su jefe en la oficina, aunque no estaba suficientemente cansada. Aunque, con un poco de suerte, enseguida se quedaría dormida y se olvidaría de todo aquello que la preocupaba.
Antes de echarse y apagar la luz, había estado contemplando a sus peces, que buceaban por el acuario, sin planteárseles contrariedades como las suyas y las de otros viandantes, que cohabitaban con ella en este rutinario mundo.
No paraba de dar vueltas en la cama. Era como si Samanta, en aquella noche oscura tuviera a alguien más allí cerca, que la acompañaba en su vigilia; no estaba dispuesta a abrir los ojos y descubrir si era un juego de su mente, o se encontraba con una realidad fantasmagórica que superara la ficción… Una realidad con la que no quisiera toparse…
De pronto, escuchó algo claramente: era como si alguien caminara por la oscuridad y…
¡Tan, tan, tan! ¡Tan, tan, tan! ¡Tan, tan, tan!
¿Qué era eso? Samanta reconoció aquel sutil ruido… Cuando alguien quería comprobar si los peces tenían conciencia del mundo exterior, daban golpecitos como esos al cristal del acuario, para ver si reaccionaban sus pequeños habitantes… Jugaban así con ellos, presumían que era lo que les gustaba a los chiquitines…
No podía ser verdad. No podía abrir los ojos. Sería mejor…
