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Samanta siguió a Silvia hasta un mausoleo, el cual presidía la estatua de la
Virgen María y algunos estáticos ángeles que discurrían entre su manto. Era como un palacete rectangular, que entre ella y Tirso, habían acondicionado para que les sirviera de hogar. Cuando estuvieron dentro, Silvia le curó las heridas de los pies con hierbas medicinales y plantas curativas que abundaban por el cementerio, y me amenizó con su resuelta charla y sus radiantes risas.

- Y, dime, Silvia… ¿Quién es ese Él con el que Tirso amenazó a los Hombres de Niebla con contarle todo si me hacían daño? -.
- … Él es el Ser de Luz, el que viste combatiendo contra Sua, la criatura monstruosa de los ojos rojos. Los Hombres de Niebla son vástagos de Sua, y son débiles ante su poder; Sua y ellos quieren arrebatarte el alma antes de tiempo, antes de que mueras y el Ser de Luz pueda darte otras oportunidades en tu vida de redimirte y demostrar que eres merecedora de esa alma… -, explicó muy seria.
La sensación de no haber sido la única con la que el destino estuviera jugando así, hacía que Samanta en su nuevo sitio no se sintiera tan desesperada, aunque todavía a veces le parecía que estaba soñando.
- No sé… Todo esto es tan raro… -.
- Yo llegué aquí hace tres años, ya estaba aquí Tirso. Hay agujeros dimensionales por todos lados, pero siempre me ha dicho que es mejor no cruzarlos, y esperar a que Él venga a acompañarnos a la vida que nos corresponde -, continuó Silvia.
- ¿Eso no es rendirse? -, retorizó la otra, a la vez que se ponía uno de los vestidos de Silvia, y se calzaba unas botas que le había ofrecido.
- Cuando yo llegué, encontré a Tirso desfallecido… Había viajado por casi todas las dimensiones en diez años, y me aseguró que éste era el mejor mundo que podía encontrar para esperar a que Él nos dejara regresar -.
Mientras tanto, en nuestro mundo, Fabio, el novio de Sami, lloraba su ausencia.
8
Después se enteraría de que aquél que estaba dando la cara por ella frente a los fantasmas, era Tirso, el cual con voz autoritaria ordenó a los entes que se fueran de allí, y dejaran en paz a Samanta:
- ¡Dejadla en paz si no queréis que Él lo sepa! -.
Se apartaron temerosos poco a poco, y cuando todos los seres se marcharon, el hombre también se echó a un lado, dejando a la vista a una muchachita de unos quince años que se escondía tras él. Parecía débil y muy frágil, pero le habló con determinación:

- Yo soy Silvia… Él es Tirso… Y hemos llegado aquí de la misma forma que tú, Samanta -.
- ¿Por un acuario? -, pregunté, menos consternada ya por no estar sola.
- No, yo llegué por un agujero negro que se abrió en la pared, y a Tirso se le abrió uno igual entre unas rocas de un río… Quiero decir que los tres hemos llegado a este cementero a través de un agujero dimensional -, explicó Silvia.
- ¿Y también visteis al ser de luz y al monstruo de los ojos rojos peleando antes de venir aquí? -.
- Claro, pero primero vamos a curarte esos pies cortados y descalzos; te dejaré algo de ropa también… -, anunció mansamente.
Tirso había desaparecido, pero su nueva amiga le dijo que podía quedarse tranquila; que no era muy sociable, y casi siempre prefería la soledad a permanecer con ella. Silvia la invitó a que se fueran antes de que las entidades malignas volvieran por allí.
7Acurrucada bajo los macizos árboles, Samanta contuvo la respiración al escuchar murmullos en la noche; eso quería decir que no estaba sola en ese cementerio nebuloso. Se colocó tras unos matorrales, y pudo comprobar cómo unos seres borrosos, como de humo, se reunían en la espesura, citados en ese lugar lúgubre y tétrico.
Todo era desconocido para ella, pero hasta cierto punto. Dio un rodeo con la vista… y se vio asediada por tumbas, sepulturas, nichos y panteones.
No tenía ya ninguna duda: se encontraba ahora en un cementerio. Se arrodilló apresuradamente para leer lo que alguien había escrito en la gravilla para ella:
Aquí estarás
más segura…
… aseveraba la inscripción, con trazos firmes y afianzados. Samanta no sabía qué quería decir eso, salvo que a alguien le preocupaba cómo estaba; alguien, a distancia, la estaba cuidando, y la había hecho escoger ese camino para que nada malo le sucediera. Y, logró escapar así, de ese ser diabólico de los ojos rojos; gracias a la puerta, la cual le mostró el pez del acuario… y acabaría en ese agujero negro, ese portal a otra dimensión… Todo tenía ya más sentido.
- El ser de luz… el que luchó contra el monstruo… Claro, ése es mi protector, al que le estoy debiendo esta segunda oportunidad -, acertó Samanta.

Suspiró más calmada, justo en el momento en el que el viento quiso levantarse irritado, como si el rumor de su voz le hubiera enojado, y de esta forma hubiera violado el abrupto silencio del territorio fúnebre. Tal fue su fuerza huracanada, que se borraron las palabras del suelo, e hizo tambalearse a Samanta, que tras haber sorteado la tumba abierta de la que había salido, buscaba entre la fría noche, el resguardo de unos viejos y desvencijados álamos.
5
Un chispazo… un fogonazo… y todo se apagó. Vuelta a la oscuridad. Samanta permanecía en el suelo… Era un suelo diferente al de su habitación, era como arenoso, como polvoriento… Ni humedad, tampoco. No estaba ni en su dormitorio, ni en el acuario.
¿Y el acuario? ¿Y los peces? ¿Y la escultura de la mujer del cántaro? Era todo tan artificioso, que Samanta quería olvidar completamente el combate entre el ser diabólico y el ser de luz en su cuarto, como si se hubiera tratado de un mal sueño; pero el dolor sí que era real, al ponerse de pie, notó que tenía varios cortes… Intentó sortear las piedras que se los producían, aunque no era fácil… Todo estaba negro, menos por la parte de arriba; no había techo, y una hermosa luna llena iluminó todo sobrecogedoramente.

Escapó de aquel subterráneo hoyo. Sólo cuando estuvo fuera, Samanta fue capaz de recapacitar, y jugó con una hipótesis que no podía creer:
- Esto ha sido… El túnel negro me ha traído hasta aquí… ¿Será otra dimensión? ¿Otro mundo? -.
Había algo escrito en el suelo, en la grava.
4Samanta se encogió de cuclillas en un rincón del dormitorio, pero reunió el suficiente valor para acercarse poco a poco al acuario. Notaba una atracción singular hacia las luces, sentía como si fuera un imán lo que la hiciera reaccionar, y ella tuviera un corazón totalmente férrico.
Ante ese acuario espumeante, se encontró completamente paralizada. Sintió un suave hormigueo por todo su cuerpo… Todos los músculos de su cuerpo se tensaban… Se apreció muy débil y a punto de desfallecer… Samanta experimentó en sus carnes que su tamaño natural iba disminuyendo paulatinamente; lejos de asustarla, una calma infinita la hizo entregarse a las aguas del acuario. Ahora, sus peces, los que le acompañaban en el agua eran más grandes que ella, y buceaba entre ellos.
En su nueva situación, Samanta no estaba nerviosa… Era como si hubiera escapado de algo, algo que la perseguía… Y así era, pero no logró entenderlo, hasta que mientras aleteaba en las aguas, lo vio detrás del cristal. La criatura de ojos rojos y aspecto iracundo y colérico, era el ser más desagradable y desapacible que había visto,
enfundado en un traje tan oscuro como la noche; la estaba observando fijamente desde el exterior del cristal, con sus sucias zarpas impresas en el acuario. Las quitó para remangarse, y atraparla en su nuevo escenario, cuando otro ser lleno de luz, al que Samanta no podía ver bien porque estaba cegada plenamente por sus brillos, se puso a luchar con el otro ser maléfico, encarnizadamente. Sin tener en cuenta lo que estaba pasando, uno de los peces de Samanta comenzó a dar vueltas alrededor de ella.
Quizá quería que le siguiera: buceó detrás de él y le llevó hacia la figura de una mujer con un cántaro de agua en la cabeza, o eso simulaba la figura estática. A Samanta le pareció que ésta tenía el brazo resquebrajado, pero al tocarlo para intentar arreglarlo, cedió, y la chica volvió a sentirse tan frágil e inconsistente como antes.
