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Esto es lo que estoy escribiendo para ti… “EN OTROS MUNDOS" puede ser tu acompañante inseparable de cada semana, pero consecutivamente serás tú el que resuelva cuándo y dónde quieres seguir visitando mundos diferentes, junto a la protagonista de esta historia, Samanta, y los demás personajes.
Te invito a que participes conmigo de los ensueños y las experiencias de esta novela electrónica (aún, incompleta), la cual será renovada tres veces por semana, siendo revitalizada con la mayor frescura, y aderezada con los más arreglados fragmentos.
Estreno ya, sin más preámbulos, la siguiente entrega de "EN OTROS MUNDOS", una novela-blog a tiempo real, en la que los lectores hacen que sigan o se paren los sucesos y acontecimientos…
Gracias anticipadas por dar vida a la historia…
Esto les había dado unos minutos… Las dos se adentraban entre las placas del lago helado.
A Samanta le flaqueaban las piernas y calló de rodillas…
- ¡Vamos, amiga! El agujero dimensional no puede estar tan lejos, levanta, venga -, dictaba Nadia, mientras la ayudaba.
Sua estaba detrás de ellas otra vez junto al Ser de Niebla recién convertido, y al poner su pie de fuego en el hielo, se empezó a recalentar tanto que se fracturó en simas cada vez más profundas, que acabarían por separar a Nadia y a Sami.
- ¡Tranquila, Samanta! ¡Mantente en pie! ¡Sólo tienes que mantenerte en pie! -, aconsejaba valientemente.
Se miraron cómplices y es que quizá había llegado el momento de usar contra Sua el Eje del Mundo que Nadia guardaba en la espalda; así que apuntó la lanza hacia él, sin percatarse de que una de las Estrellas Voladoras de Sua se le iba a clavar justo en la frente.
Una lágrima de sangre cruzó su cara, y resquebrajado su cerebro y su valor, Nadia antes de desaparecer se impulsó hacia la placa de hielo de Sami; antes de resbalar hacia lo más profundo, le daba a ella la lanza con la que podía acabar con su agresor.
Divisó a lo lejos que tanto Sua como su Ser de Niebla, calculaban la mejor estrategia para clavarle a Samanta, sendas Estrellas que el jefe de las tinieblas había guardado para un momento como ése.
133Sua les pisaba ya los talones, y aunque intentaban no mirar hacia atrás, su aliento llameante y sus rugidos apabullantes, hacían reconocer la furia y la ira del gigantesco monstruo de fuego y llamas.
El Gemelo iba detrás de las chicas en dirección al lago, y empezó a dudar de si era lo correcto, de si no habían llorado ni una sola lágrima por la muerte de su hermano, de si verdaderamente no quería dejar el Averno, de si vivir eternamente de la dependencia y servidumbre de Sua no fuera tan malo… Se paró ante el paraje todavía helado, ya que el monstruo no había pasado por allí, derritiéndolo.
- ¡Date prisa! ¿Qué haces ahí parado? ¡Venga, tenemos que atravesar el lago! -, le gritó Nadia al verle inmóvil.
Entonces, Sua se detuvo ante él, y lejos de lo que pensaban Samanta y Nadia, no lo devoró ni le invitó a que formara parte de sus llamas… Tuvo suficiente paciencia para que el muchacho perdiera totalmente la fe y la esperanza, firmes pilares de la Luz; y esperó a su metamorfosis en Ser de Niebla, a su transformación en uno de sus esbirros, a que tras un halo oscuro y sombrío, el Gemelo dejara de ser un humano para convertirse en una criatura nebulosa.

Las chicas avanzaban por las aguas heladas. No estaban dispuestas a que les pasara lo mismo…
El corazón de Nadia era un témpano de hielo o estaba tan preocupada por que saldrían de allí, que no podía pensar en nada más. No hablaba, sólo amarraba con fuerza la muñeca de Sami.
132Perplejos, habían visto cómo caían todos los Seres de Niebla. Samanta miraba turbada a sus camaradas…
- Y ahora, todo el Averno se ha quedado para nosotros -, aseguraba Nadia.
El Gemelo no se fiaba que las cosas hubieran acabado tan fácilmente. Hacía gestos muy raros, y se agachó al lado del fuego como si estuviera chequeando las llamas.
- ¡Un momento! ¿Habéis visto eso? -, alertó el chico, al darse cuenta de unos extraños chisporroteos que hacían que el fuego se avivase.
Todas las llamas se estaban unificando en una tremenda hoguera nacarada y
rojiza de contractuales movimientos; el Gemelo fue el primero en darse cuenta de que en esa masa furiosa se iban dibujando los rasgos de una cara terrorífica… ellas no tardaron en reconocer el rostro del macabro y mezquino Sua.
- ¡Santo Dios! ¡Si es Sua…! ¡Es Sua! -, exclamó Samanta espantada.
Nadia no perdió el tiempo, y pellizcando a los demás para que reaccionaran, los alentó para que la siguieran hacia el lago, por donde Samanta había llegado hasta allí con Silvia y con Tirso. Quizá en esas aguas hubiera abierto otro agujero dimensional por el que podrían escapar de la gigantesca bestia.
Samanta dudaba que el agujero todavía estuviera abierto. Además, ahora le daban arcadas; cada vez se sentía peor.
131Algo que Samanta y el Gemelo ignoraban desde su situación, estaba sucediendo, algo por lo que los Seres de Niebla estaban huyendo del lugar, sorprendentemente. Hasta que no se largaran de allí todos los nebulosos, no podrían precisar lo que estaba pasando, pero al iniciar el desalojo, pudieron certificar que la bolsita con la arena de Marte se erguía firme ante los ojos crédulos de Nadia.
- ¿Por qué huyen? -, lanzó Sami al viento.
El chico que la acompañaba no sabía qué responder, y se quedó callado y con la boca abierta. Parecía que Nadia no estaba tan asombrada con lo que estaba ocurriendo; le complacía lo que pasaba con aquel saquito.
Un soplo de aire salía de la bolsa… un soplo que se convirtió en cierzo… y un cierzo que se hizo huracán… Todo con arena; era una fortísima tormenta de arena… Arena de Marte, que según había contado Nadia sería capaz de detener a los Seres contra los que luchaban.
- ¡Chicos! ¿Veis? ¡Es lo que os dije! -, gritaba Nadia mientras se dirigía hacia los otros.

Y sí, la arena se pegaba a los cuerpos de los Seres de Niebla, se secaba rápidamente, y como si fuera cemento con alquitrán, los convertía en estatuas negras, que tras precipitarse al suelo se hacían añicos.
Los tres privilegiados contemplaban cómo algunos nebulosos querían alcanzar las llamas para salvarse, pero no lo lograban y se rompían contra el suelo antes de alcanzarlas.
130Los insufribles Seres de Niebla avanzaban hacia Nadia riendo a carcajadas. Ella veía muy claro su final, sin embargo, adoptando la pose más agresiva que pudo, se dispuso a cortar con su espada en dos a todo aquél que se le pusiera por delante.
- ¡Acabareis conmigo, pero antes me llevaré por delante a todo el que pueda! -, anunció Nadia.
Samanta desde la parte de atrás se sentía muy orgullosa de su amiga. No hacía otra cosa que preguntarse si podría hacer algo para salvarla, pero estaba en blanco.

Para su sorpresa, se fijó que el Gemelo rebuscaba en el barro y se ensuciaba las manos buscando piedras, de las más duras que hubiera.
- ¿Qué es lo que haces? -.
- ¡Venga, ayúdame! Les arrojaremos piedras, quizá así les distraigamos y dejen a Nadia en paz… -.
Sami se tiró al suelo para recoger piedras con su única mano. No sabía si funcionaría… Lo intentarían, a pesar de todo; luego, saldrían corriendo.
Cuando las espadas habían iniciado ya a cruzarse con la de Nadia, ellos empezaron a tirar piedras a los Seres de Niebla, pero no servía de nada. Las piedras los traspasaban como si nada; y es que eran niebla y humo espectral realmente… cuando los atravesaban, lo que sí se formaba en sus fantasmales cuerpos era un pequeño remolino de ceniza y humo, que desaparecía sin dañarlos en absoluto. El saquito con la arena de Marte continuaba rígido en el suelo, hasta que el viento lo hizo tambalearse y caer.
129El muchacho que tenía detrás Samanta era uno de los Gemelos; el otro empuñaba su espada para defender a Samanta del ataque de los Seres de Niebla, que se acercaban primero tímidamente, y luego ya veloz e implacablemente.
Al principio, el Gemelo que ensalzaba su arma echó una última mirada a su hermano y a Samanta, y cercenando todas las cabezas nebulosas que pudo en su fatal travesía, se enredó en la marabunta, que brutal e inhumanamente acabarían con él. Los dos supervivientes lloraban abrazados sabiendo que iban a correr la misma suerte…
- Con él muerto, es imposible ganar a Sua y sus sicarios, es imposible -, susurraba el que sostenía a Sami.
- Ya no me quedan esperanzas -, añadió la chica, que notaba que cada vez le era más difícil hablar, y controlar que su voz no graznara como lo hacía la de un Ser de Niebla auténtico.
De pronto, todos los nebulosos se voltearon para ver a la guerrera que se imponía en la parte posterior:
- ¿No os acordabais de mí, verdad, cancerberos del infierno? -, confirmó Nadia, abriéndose paseíllo entre los Seres malvados y crueles.
Nadia sacó la cajita de terciopelo, y apartó con cuidado el saquito dorado de la arena de Marte. Los Seres de Niebla se pararon; al parecer, sabían que era un arma potente contra ellos, pero hacía mucho tiempo que se había perdido y quizá ya no tuviera la fuerza que los humanos esperaban que tuviera.
Desnudó la bolsita, y la dejó sobre el suelo. No pasaba nada, y aferró de nuevo su hierro esperando las embestidas de los destructores, que habían dejado de fijarse en Sami y el Gemelo que quedaba, para dirigirse a la vetusta Nadia.
128Efectivamente, alguien se acercaba a Samanta a toda velocidad; no eran ni Nadia, ni los Gemelos… Era alguien o algo que había salido de entre las llamas, a quien su vista no lograba precisar, aunque su instinto le hacía presentir amenazante.
Corría hacia la frágil Sami, emitiendo un grito gutural y bronco. Y ella se convenció de que fuera lo que fuese “no iba en son de paz” hacia ella. Además, llevaba los brazos levantados, y sujetaba lo que a la chica le parecía una tosca y ruda espada, que la estaba señalando como su próxima víctima.
No se quedó allí esperando, pero el fatal personaje la persiguió por todos los pasillos en los que el fuego lindaba con sus pequeños y sencillos pies. Al llegar a la encrucijada, Samanta pensó que había perdido a su atacante… Sin embargo, en uno de los lados, las llamas se aplacaron para dejar paso a su temible cazador; que era uno de los Seres de Niebla, el cual toleraba perfectamente las llamas de ese implacable incendio provocado por Sua.
No sabía si rendirse o continuar, ya que las posibilidades de escapar eran casi inexistentes, sobre todo al cerciorarse de que miles y miles de Seres de Niebla que descansaban entre el fuego, salían en ayuda de ése que perseguía a Samanta… Justo cuando ya se creía perdida, alguien le agarró de la cintura y le dijo que no temiera:
- ¡No tengas miedo, Sami! Si aún puedes oler el fuego que quema y el azufre que envenena, es que todavía puedes liberarte de la muerte… -.
No sabría hasta tiempo después el significado de estas palabras, pero era cierto que su olfato era el de antes, a pesar de saber que si moría como un miembro de la Luz, siendo humana, simplemente dejaría de existir en cualquier dimensión, en cualquier Mundo.
127 Todo ardía en medio de la oscuridad. Samanta desobedeció a su compañera, y comenzó a andar lentamente entre las llamaradas que iban consumiendo al reino de la Luz.
No había nada ya entre las llamas… Ese fuego tan solo significaba el triunfo del Averno; que Sua y sus Seres de Niebla seguirían esclavizando humanos después de su muerte, para que les sirvieran y les utilizaran, al tener todas sus voluntades y libertades completamente derogadas.
Sería imposible encontrar algo de vida, así que Sami se aposentó
en una piedra con forma de trono, e intentó relajar el corazón, que le iba a cien por hora… Se encontraba muy débil… creía saber por qué… Estaba próxima su metamorfosis a Ser de Niebla; ella no quería, no quería…
Justo entonces, le pareció que algo se movía, algo que avanzaba desde el ardor y las deflagraciones; se acercaba con sentencia a Samanta y tembló de miedo al presentir su llegada. Aunque, con su vista ya cansada, la chica no era capaz de distinguir con claridad de quién era la imagen borrosa del que, o la que, se estaba aproximando.
- ¿Eres tú, Nadia? No puedo casi abrir los párpados… -, confesó Sami sabiendo que no era una buena noticia.
No obtuvo respuesta… No obstante, pensó que quizá también su oído estuviera seriamente dañado; de hecho, unos pitidos chirriantes se agolpaban y los sentía cada vez con más intensidad por todo el cráneo.
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