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La puerta del calabozo era gruesa, pero Samanta enseguida se fijó en una mirilla, por la que los carceleros podrían observar a los prisioneros. Ya consideraba demasiada fantasía que fuera Silvia la que estaba allí dentro; aún así, no debían dejar de repasar ninguno de los habitáculos, iluminados con esa tenue y mortecina luz.
Al otro lado, pudo distinguir a un hombre acurrucado en la pared. Estaba desnudo y sucio…
Estaba como desnutrido, y no paraba de sollozar, seguramente por las heridas que los Seres de Niebla le habían infringido.
Después de esta visión, la pena y la angustia de encontrar a Silvia así, se acrecentaron terriblemente, cuando se planteó pasar por otra mazmorra de éstas; otra mujer, había otra mujer cubierta de llagas, que sufría horrorosamente su, sobre seguro, injusto encierro. Sami encontró a otro hombre desnudo en otra celda… y a otro, en otra a su izquierda, del todo magullado y ulcerado; a éste, le conocía de haberle visto con Aníbal… Era el compañero coreano que le acompañó en su intento de dejar el Averno, el mismo al que Sua luego había decidido castigar, tras que se hubiera resistido, una vez que los Seres de Niebla le obligaran a volver al trabajo forzado… pero ahora, tan débil, tan enfermizo que no parecía él…
Cuando más inquieta estaba, Nadia llegó y la zarandeó:
- Creo que he encontrado a tu amiga, Sami… -.
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