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Ya en la entrada de la fortaleza de Sua, se encontraron con unos auténticos Seres de Niebla; y tal y como había predicho Teo, ni les extrañó ver a un Detalladero con sus dos escoltas de negro.
Eso sí, conversaban en un idioma indescifrable, y tan sólo dieron una palmadita en la espalda de la encapuchada Samanta, como en señal de que aceptaban que los tres ingresaran dentro.
Nadia temía que descubrieran los disfraces, y en cuanto se vio a salvo, apretó con fuerza la mano de Teo, y a Sami le ofreció una mirada cómplice.
- ¡Es impresionante todo esto! -, decía Samanta embobada al ver la labor de decoración de los Detalladeros y Detalladeras.
Observaba embelesada todas las pinturas, los relieves, las imágenes y las telas en fuertes colores engalanadas en oro de los largos pasillos. Al final de todo podía atisbar que había un salón grandioso, seguramente donde se levantaba el trono de Sua; pero antes de llegar, Nadia la cogió del brazo, y precedidas por Teo fueron a parar a unas salas oscuras y lóbregas bajando por una resbaladiza rampa, que contrastaban con la luz y la riqueza portentosa del palacete.
- Estos son los calabozos. Aquí hay mucha gente encerrada, ahora buscaremos a tu amiga Silvia… y a Aníbal, ¿sí? -, resolvió Teo, poniéndose a la exploración en un santiamén. Pronto, Nadia se lanzó a la búsqueda.
Samanta seguía paralizada; allí plantada en el suelo; le sobrecogía el hedor a carne quemada de aquel sombrío sótano. Entonces, se decidió a ayudar a averiguar dónde estaban sus amigos; nada iba a impedir que los encontrara. Se quitó la capucha, y se dirigió hacia la celda que tenía justo enfrente.
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