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Una de las noches en las que Samanta había pasado a la choza de Nadia, se hallaban las dos mirando el palacete de Sua en total silencio, y cuando más ensimismadas estaban contemplando el cielo sin estrellas del triste lugar, oyeron que alguien tocaba a la puerta.
- ¡Creí que nadie me había seguido! ¡De verdad, Nadia! ¡Tuve mucho cuidado! -, gritó Sami histérica porque especulaba que los Seres de Niebla pudieran haberlas descubierto.
Su compañera seguía en calma, como si hubiera llamado ella a los fantasmas. Quizá la había traicionado y se había puesto del lado de Sua… quizá a cambio de que entregara a Samanta, le había ofrecido algo que no hubiera podido rechazar.
La cara de desconfianza de Sami no dejaba ningún secreto para Nadia. Sin decir nada abrió la puerta tranquilamente:
Apareció ante nosotras un hombre entrado en años ya. Peinaba canas por toda su barba, aunque en la cabeza no tenía siquiera pelo; y estaba ligeramente encorvado hacia delante. Eso sí, parecía tan hábil e ingenioso como los Seres de Niebla, pero sin duda, no era como uno de ellos.
Con gesto serio y basto, escudriñaba todo lo que había alrededor, y al reparar en el rostro todavía asustado de Samanta, se echó a reír sin motivo aparente… Nadia enseguida se unió a la carcajada, mientras la atrapaba de la cintura, y la giraba hacia sí para darle un beso.
Su llegada había alterado la relajación que hasta entonces reinaba, aunque sin duda Samanta prefería la presencia de aquel buen señor, que la de cualquier otro.
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