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Sola en el camastro de su choza, no hacía otra cosa que pensar en todo lo que había pasado en el Averno. Seguía queriendo largarse de ese peregrino mundo al que había llegado secuestrada; aunque no… Samanta jamás dejaría allí abandonada a Silvia.
No tenía sueño, ni hambre, ni sed… Desde que hubo llegado a ese lugar, cualquier necesidad fisiológica que tuviera antes había desaparecido. Cualquier resto humano se estaba aboliendo, si como dijo Aníbal, todos acabarían convirtiéndose en Seres de Niebla.
Daba vueltas y más vueltas, hasta que optó por sentarse; al poco tiempo, Samanta abrió la puerta de la cabaña muy comedidamente, y confirmó que nadie la vigilaba. Corrió todo lo que pudo hasta la casita de enfrente siendo lo más sigilosa posible, y llamó con los nudillos a ésta, a la choza de Nadia.
Mientras la abría, pudo comprobar que su chozuela era semejante a la que les habían asignado a Silvia y a ella. Nadia estaba sola:
- ¿Qué haces aquí, Sami? ¿No has tenido bastante con lo que les ha pasado a esos dos infelices? -.
Estuvo a punto de echarla, pero recapacitó; la cogió de la pechera, y la entró a sus nimios aposentos. Nadia cerró rápidamente, rezando para que nadie hubiera visto a Samanta pasar hasta allí.
- Creo que no se nos está permitido pasar en medio de la noche de nuestra choza a la de otra compañera… pero me parece una soberana tontería… Durante el día nos dejan hablar… -.
- ¡No seas idiota! ¿Aún no te has dado cuenta de dónde estás? -, interrumpió Nadia encolerizada.
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