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La percepción de Samanta era la correcta. Podía escuchar que los Seres de Niebla hablaban en el exterior, pero no lograba concebir sus palabras; tan sólo alguna suelta que no le llevaba a ninguna conclusión.
Estaba angustiada encerrada en ese oscuro contenedor, en el que sólo había una abertura por la que las habían arrojado a Silvia y a ella. Contempló apesadumbrada las paredes del lugar, y la humedad y la densa paisajística… hacían presentir la inexistencia de alguna oquedad que estuviera a la vista, para poder escapar.
La fortaleza de Samanta, que siempre sabía qué hacer en momentos en los que el pánico y la cobardía tomaban la batuta en algunas ocasiones de la vida, se iba reduciendo a pasos descomunales. Hasta náuseas le estaban entrando por la sensación de claustrofobia y pavor que le estaban invadiendo ahí dentro.
¡No! Pero, no podía hacerlo… No podía derrumbarse ahora… por Silvia, por su amiga, por la que sería su hermana ya para toda la vida, o lo que les quedase de ella. Su amistad se abría más y más, como si fueran los pétalos de una flor…
La observó en silencio, y era tan frágil… tan quebrantable… Sentada a su lado, Sami le acarició, pero no dejaba de temblar.
- ¿Quieres mi abrigo? Ahora mismo me lo quito… te lo pondré por encima -, expuso Samanta, antes de que la joven le contestara. En realidad, el abrigo era de Silvia; se lo dio a Sami en el mausoleo del cementerio, cuando por primera vez ésta había viajado por uno de los agujeros dimensionales.
De pronto, uno de los Seres de Niebla se asomó por la abertura superior del contenedor, y tras asegurarse de sus posiciones, arrojó sin ningún cuidado a los hombres que habían disparado momentos antes, sin ningún tipo de compasión.
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