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No podían ni respirar; extenuadas y cansadas buscaban perder a sus perseguidores por entre las rocas, aunque se les hacía imposible esta tarea, ya que ellas no conocían en absoluto el lugar, al contrario que los otros, que tenían un dominio imperioso de la zona.
- Samanta, no puedo seguir… Me duele el costado -, argumentaba Silvia muy fatigada.
- Tenemos que seguir como sea… Ellos cada vez avanzan más rápido. ¡Levántate, Silvia! -, ordenó Sami, cuando su compañera se dejó caer derrotada.
Samanta probó el cargar con ella, pero tanto sus espaldas como sus brazos, eran demasiado débiles para conseguirlo, y a la fuerza tuvo que rehusar. Silvia le mascullaba al oído que se fuera, que se salvara ella de los Seres de Niebla…
Sin embargo, Sami no podía hacerlo, no era capaz de abandonarla a su suerte. Se quedó a su lado, rezando para que aquellos entes no las hicieran daño.
Los Seres de Niebla no se demoraron, y tomaron a Samanta y Silvia fácilmente, sin que se defendieran; las ataron de pies y manos, y las arrojaron a una especie de contenedor gigante, del que se hacía muy dificultoso el poder salir.

- Lo siento, Sami. Esto ha sido por mi culpa… -.
- ¡No digas bobadas! Aunque te hubiera dejado, y hubiera salido corriendo, tarde o temprano hubieran dado conmigo. Al menos, estamos juntas, y así va a ser por mucho tiempo porque no pienso separarme de ti -, garantizó.
Las iban a llevar a algún sitio. Lo que a Samanta le extrañaba era que prorrogaran tanto lo de ponerse en marcha.
- Creo que oigo voces -.
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