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A Samanta le pareció que aquellos hombres la vieron, a pesar de sus conatos por formar parte de la roca, en la cual permanecía oculta. Incluso le hicieron señas para que echara a correr, y se fuera lejos, muy lejos…
Ya descubierta, salió de su escondite, y se dirigió hacia ellos. Uno de ellos, el más alto, no hacía otra cosa que negar con la cabeza; Samanta no se acercó más, no era lo que ellos querían.
Desde la distancia, pudo contemplar que los perseguidores de los tres hombres, trepaban por los peñascos, accediendo al montículo donde diseñaban un plan para zafarse. Con gran asombro, vislumbró que aquéllos recién llegados no tenían rostro, eran como La Niña del hospital, como los entes del cementerio… ¡Seres de Niebla!
Una vez hubieron llegado arriba, sacaron sus armas, y dispararon a los tres hombres que trataban de escabullirse de sus captores.
Cayeron abatidos; y por el estruendo causado, Silvia salió de la cueva, inquieta:
- ¿Qué está pasando, Samanta? -, inquirió al ver a su amiga sollozando.
No había tiempo de explicaciones; le apresó la mano, y escaparon corriendo. Los Seres de Niebla, alertados por las amedrentadas palabras de Silvia, se dieron cuenta de la presencia de las dos chicas. Las siguieron por entre las rocas… Cada vez eran más rápidos… Flotaban en el aire, se desplazaban en volandas…
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