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Samanta no tardó en encontrar a Silvia; ésta dormía sobre una planicie de arenisca y arcosa…
- Después de este involuntario viaje, necesitará descansar. No la despertaré aún -.
Sus piernas le pesaban muchísimo, y su respiración seguía siendo entrecortada. Ella sólo tenía ganas de buscar un buen sitio dentro de la cueva, para poder tumbarse y recuperarse del constante dolor de cabeza, que hacía mella en Samanta, como si las sienes le fueran a estallar una vez tras otra.
Hasta que quiso saber dónde estaban, qué habría fuera de esa cueva en la que estaban recluidas; cogió carrerilla y saltó un pequeño riachuelo, que manaba entre las rocas, y se interponía entre el interior y la boca de la gruta.
Ya fuera de la caverna, Samanta divisó hasta el horizonte, ese desértico lugar. Era tal la calma del terreno que no se atrevió ni a toser por miedo a desestabilizar el paisaje; cuando, de pronto, unas voces susurrantes y nerviosas, la sacaron de golpe de su supuesta paz y tranquilidad.
Eran tres individuos. No habían visto a Sami, y aunque no sabía si podrían hacerlo, no iba a arriesgarse a ser descubierta… así que se escondió tras una roca con forma de garra, que prácticamente la ocultaba enteramente. Encubiertos con una ligerísima ropa encorsetada con múltiples cadenas y ataderos, no paraban de cuchichear, pero lo hacían en un tono tan bajo, que a Samanta se le hacía imposible escuchar su conversación.
Leyendo los labios de uno de los hombres logró descifrar que los estaban persiguiendo, que alguien los quería matar.
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