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Cuando atravesaron el umbral de la puerta, se encontraron con una grata sorpresa: en aquella cama de hospital se hallaba tumbada la madre de Silvia. Sus ojos estaban acuosos… Por un momento, Silvia se olvidó de todo, y corrió a besarla y abrazarla.
La desesperaba que su madre no pudiera sentir ninguna de sus muestras de cariño, pero Silvia estaba acostumbrada a que esto fuera así ya en el cementerio cuando sus padres iban a visitar la tumba, donde pensaban que descansaba su hija. Su padre también estaba allí medio dormido, sentado en un sillón, que no tenía pinta de ser muy cómodo. Samanta se puso a su lado, y Silvia enseguida se acercó a él y le rodeó con sus brazos, trasmitiéndole todo el candor y el afecto que pudo.
La niña, que habían dejado fuera de escena temporalmente, quiso saber si teníamos idea de lo que le pasaba a la mamá de Silvia.
- Si pudiéramos preguntárselo a mi padre… Ni Sami ni yo, podemos… tú podrías… pero, a ti tampoco te ve. ¡Porque estás muerta! ¡Estás muerta…! -, sentenció Silvia enfurecida.
Samanta pretendíaa calmarla, y la sujetaba por las muñecas para que desistiera de sus intentos de pegar a la chiquilla.
- Yo sé lo que le pasa, aunque no sé si aclararlo porque como dices esas cosas tan raras de mí… -.
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