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Samanta la miró como si estuviera loca. Hasta ese mismo instante, había parecido que la reacción de Silvia con la niña era buena, pero en cuestión de milésimas de segundo su rostro marcaba una profunda perturbación.
- ¿Pasa algo que yo no sepa? -, debatió Sami con su amiga.
- Creo que esta niña no es una niña; creo que en realidad está muerta. ¿Te acuerdas en el cementerio de los seres de niebla? -.
Samanta asintió acordándose de su accidental tropiezo y su abrupta escapada de aquellos seres fantasmales por el camposanto, justo antes de haber conocido a Tirso y a Silvia. Esta última continuó con su declaración:
-… ella lo es… Es un siervo del malvado Sua… Es uno de sus siervos, uno que ha adoptado la forma de algo que fácilmente nos pueda engañar, para que caigamos en su trampa y… -.
Pero, Samanta, la interrumpió, escéptica:
- ¡Basta ya, Silvia! ¡Es sólo una niña asustada! Seguro que ha sido Tirso el que te ha contado que en sus eruditos viajes a otros mundos ha encontrado cosas así, ¿no? ¡Pues no, no tiene por qué tener siempre razón! Se cree que tiene autoridad para obligarte a que sigas a su lado, Silvia… Y cuando yo aparecí, pretendió que yo también alabara lo que él decía… ¡no, yo nunca me dejaré manipular! -.
A Silvia le entristecía que pensara de esa manera. Suspiró, y siguió a su compañera, que a su vez había salido corriendo detrás de la niña, la cual había abierto una puerta contigua a la de su habitación, y hacía gestos constantemente para que se asomaran a ésta.

