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Lentamente, la puerta se fue abriendo, y fue apareciendo como a cuentagotas, quien se ocultaba tras ella. Era una niña pequeña; muy pálida y con los cabellos enmarañados y secos, como si no se los hubiera arreglado en mucho tiempo.
Silvia y Samanta contenían la respiración ante tal aparición, pero estaban
seguras de que la chiquilla no podía verlas. Las asustó, al cerrar escandalosamente de un portazo certero.
- Ni nos ve, ni nos oye, estate tranquila, Silvia -, ultimó Sami.
Pero, después de este comentario, la niña se volteó hacia ellas, miró a Samanta a los ojos muy seriamente, y le advirtió:
- ¡Hasta puedo oleros! ¿Os creéis invisibles? ¡Que soy pequeña, no idiota! -.
A Silvia le dio por reír, y a Sami le costó un poco más entender que la niña las percibía maravillosamente… enseguida, ésta última la aupó, y la notó que estaba muy nerviosa; contaba algo de que en su cama había un agujero que quería tragársela, y que había huido de la habitación, encontrándose con ellas dos justo allí.
Sami pensó que había sido una pesadilla, y con contundencia atravesó la puerta para devolver a la chavalilla a su cama. No esperaba lo que Silvia hizo entonces…
Sobresaltada, bajó a la niña de los brazos de Samanta, y la dejó en el suelo con brusquedad:
- No debemos fiarnos de ella -, previno Silvia discretamente, sin que la pequeña lo oyera.
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