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Fuera, seguramente ya habría anochecido. Tras haber recorrido unos angostos pasillos, Tirso las dejó en una habitación desierta, hasta que se asegurara de que nada extraño, podía resultar una amenaza para ellos en ese hospital.
- Yo creo que exageras, Tirso. ¡Qué nos puede pasar! Nadie sabe que estamos aquí, y aunque lo supiera alguien, no sé para qué se iba a molestar en hacernos daño -, manifestó Samanta, a la vez que abrazaba a Silvia.
- No estamos en tu mundo en el que todo es insustancial y superficial, Sami. ¡Deja de una vez esa actitud tuya de prepotente y resabidilla! -.
Hacía cinco minutos ya que él había salido, y ellas contemplaban todo lo que allí las rodeaba, en completo silencio, como con miedo de que con sólo un murmullo, pudieran perturbar aquella aparente paz, la cual les bastaba para sentirse ajenas a cualquier peligro. Había una camilla en la que estaban sentadas, un frío butacón de cuero negro, una mesa no muy ancha de madera oscura con un fonendoscopio y varios papeles y carpetas revueltos encima; las estanterías estaban a rebosar de libros de medicina, cuadernos de apuntes, vendas y otros utensilios médicos… al lado de una cabina, un vestidor; y sí, concluían que estaban en un despacho donde algún médico pasaba consulta.
Fue entonces cuando a Samanta le pareció escuchar unas pisadas descalzas, que provenían del pasillo por el que antes habían llegado a esa habitación. Un vuelco al corazón le dio cuando reconoció que comenzaban a correr, y ese alguien a quien pertenecieran las pisadas, estaba tratando de entrar allí.
Silvia le apretaba la mano fuertemente. 
