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Efectivamente, alguien se acercaba a Samanta a toda velocidad; no eran ni Nadia, ni los Gemelos… Era alguien o algo que había salido de entre las llamas, a quien su vista no lograba precisar, aunque su instinto le hacía presentir amenazante.
Corría hacia la frágil Sami, emitiendo un grito gutural y bronco. Y ella se convenció de que fuera lo que fuese “no iba en son de paz” hacia ella. Además, llevaba los brazos levantados, y sujetaba lo que a la chica le parecía una tosca y ruda espada, que la estaba señalando como su próxima víctima.
No se quedó allí esperando, pero el fatal personaje la persiguió por todos los pasillos en los que el fuego lindaba con sus pequeños y sencillos pies. Al llegar a la encrucijada, Samanta pensó que había perdido a su atacante… Sin embargo, en uno de los lados, las llamas se aplacaron para dejar paso a su temible cazador; que era uno de los Seres de Niebla, el cual toleraba perfectamente las llamas de ese implacable incendio provocado por Sua.
No sabía si rendirse o continuar, ya que las posibilidades de escapar eran casi inexistentes, sobre todo al cerciorarse de que miles y miles de Seres de Niebla que descansaban entre el fuego, salían en ayuda de ése que perseguía a Samanta… Justo cuando ya se creía perdida, alguien le agarró de la cintura y le dijo que no temiera:
- ¡No tengas miedo, Sami! Si aún puedes oler el fuego que quema y el azufre que envenena, es que todavía puedes liberarte de la muerte… -.
No sabría hasta tiempo después el significado de estas palabras, pero era cierto que su olfato era el de antes, a pesar de saber que si moría como un miembro de la Luz, siendo humana, simplemente dejaría de existir en cualquier dimensión, en cualquier Mundo.
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