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Así fue, Samanta caminaba entre los Gemelos; Nadia iba unos pasos atrás, cargando el “Eje del Mundo” y portando con sumo cuidado el saquito con la arena de Marte. Sami no podía ver bien y se cansaba a pesar de la poca distancia que habían recorrido, pero no quería admitir que quizá ella se había puesto en marcha demasiado pronto; no estaba recuperada de lo de la pérdida de su brazo.
- ¿Estás bien, Samanta? -, quiso saber el Gemelo más atento, dándose cuenta de que arrastraba los pies más de lo normal.
Empezó a ver dobles a los hermanos, y avanzó unos pocos metros hasta que todo adquirió un incómodo puntilleo que la hacía sentir como si fuera a morir. Samanta cerró los ojos con la intención de que cuando volviera a abrirlos, esa sensación tan desagradable se hubiera esfumado; pero en lugar de ello, perdió el equilibrio, y si los Gemelos no la hubieran sujetado, hubiera acabado en el duro suelo.
- ¡Samanta, todavía no! Sé que te sientes débil ahora y con menos esperanzas cada vez, pero nos queda mucha lucha por delante… Ellos y yo, estamos tan condenados como tú a convertirnos en Seres de Niebla… es ahora cuando podemos combatirles y acabar con nuestra agonía en el Averno, siendo los esclavos de Sua… ¡Aportemos todo lo que podamos a la Luz! -, notificó Nadia, ayudándola a andar.
- ¡La Luz triunfará! ¡Victoria de la Luz para siempre! -, gritaban los otros muy exaltados.
La oscuridad y la angustia la inundaban. Sami quiso hacer una pregunta que nadie supo revelar:
- ¿Y por qué no hay nieve aquí? -.
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