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Ese sitio… Al levantar la vista reconoció el lugar… Era el Cementerio de Santa Catalina, aquél donde junto con Tirso y el Ser de Niebla de Silvia, había bajado al Averno para enredarse en esa intrincada guerra entre la Luz y la oscuridad de Sua.
El chico que hasta entonces había estado descansando al lado de Sami, no dejaba de mirarla pasmado y atónito; así, en cuanto ella se despistó, corrió a darle un beso, pensando que todo era un juego. Samanta, evasiva, giró el cuello hábilmente, y se puso de pie zafándose de aquel muchacho.
- Venga, cariño… Deja la chanza ya, que tengo que darte algo -, dijo el chico.
¿Cariño? Samanta no se explicaba por qué le daba ese apelativo… Sin embargo, sus ojos… en ellos pudo ver un alma… Era el alma inocente y generosa de su amor Fabio. No era su cuerpo, pero sí su espíritu.
A punto de volverse loca de alegría, se dirigió hacia él, y le abrazó a la vez que besaba sus labios dubitativos de abrirse, después de esa espontánea muestra de pasión inconmensurable. Sus piernas comenzaron a temblar al verla tan efusiva y afectuosa, rindiéndose a todo lo que quisiera de él, pero de pronto se acordó de que debía cumplir una promesa, y se apartó a disgusto de Samanta.
- A ver… El día que nos conocimos me dijiste que en tu veinticinco cumpleaños te diera esta cajita. Me hiciste prometer que nunca miraría su contenido… Pues bien, hoy es el día y aquí está el joyero pronunció él, enseñando el erario.
Samanta lo tenía ya en sus manos, cuando se sintió algo mareada, como si el sueño se enturbiara. Se restregó los ojos para ver mejor, y cuando buscó de nuevo a Fabio, éste había desaparecido.
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