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Fue demasiado tarde… Samanta llegó en el momento en que un Ser de Niebla clavaba la espada en el abdomen del samurai; era el centro de su alma, el continente de su ira, de sus emociones, de todo lo que valía la pena.
Antes de morir, aún con la espada en su interior, se giró hacia su mujer y quiso decirle algo, pero en vez de voz de sus cuerdas vocales salía sangre, y se atragantó con ella, justo antes de que se le pusieran los ojos en blanco, y aterrizara en la nieve tiñéndola de un mortuorio y penoso rojo. Y cuando ya estaba en el suelo, el mismo que lo había derrocado sacó un hacha que guardaba en su espalda, y lo decapitó levantando luego la cabeza como si fuera un trofeo de guerra.
A unos pocos pasos, la esposa samurai contemplaba la escena con una
compostura admirable y sin pestañear siquiera… Cuando Sami estremecida se dio cuenta de que la mujer sacaba con determinación una daga de su fajín, y poniendo la hoja enfrente de ella, sin dar lugar a dudas, iba a clavársela.
- ¡No, no! ¡Suelta eso! ¡No lo hagas! -, gritó Samanta yendo hacia la reciente viuda. Pero alguien la cogía de la cintura y la retenía; Nadia retenía a Samanta…
- Para, Sami… Debemos dejarla hacer… ¡Basta ya! -, dictaminó Nadia.
- Es que no te entiendo… ¡Va a suicidarse! Lo que debemos hacer es evitarlo, Nadia -.
El tiempo se había parado, y parecía como si su pecho estuviera expectante de que el puñal pasara ya a formar parte de su ser, como si que llegara a ella fuera su único objetivo.
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