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Era una noche normal. Samanta se acostó agobiada porque le sobrevenían pensamientos sobre los problemas con su jefe en la oficina, aunque no estaba suficientemente cansada. Aunque, con un poco de suerte, enseguida se quedaría dormida y se olvidaría de todo aquello que la preocupaba.
Antes de echarse y apagar la luz, había estado contemplando a sus peces, que buceaban por el acuario, sin planteárseles contrariedades como las suyas y las de otros viandantes, que cohabitaban con ella en este rutinario mundo.
No paraba de dar vueltas en la cama. Era como si Samanta, en aquella noche oscura tuviera a alguien más allí cerca, que la acompañaba en su vigilia; no estaba dispuesta a abrir los ojos y descubrir si era un juego de su mente, o se encontraba con una realidad fantasmagórica que superara la ficción… Una realidad con la que no quisiera toparse…
De pronto, escuchó algo claramente: era como si alguien caminara por la oscuridad y…
¡Tan, tan, tan! ¡Tan, tan, tan! ¡Tan, tan, tan!
¿Qué era eso? Samanta reconoció aquel sutil ruido… Cuando alguien quería comprobar si los peces tenían conciencia del mundo exterior, daban golpecitos como esos al cristal del acuario, para ver si reaccionaban sus pequeños habitantes… Jugaban así con ellos, presumían que era lo que les gustaba a los chiquitines…
No podía ser verdad. No podía abrir los ojos. Sería mejor…
