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“EN OTROS MUNDOS” (119)

     Samanta le buscaba entre las tumbas, convencida de que el supuesto Fabio no andaría muy lejos. Entre lápidas

                 Por fin, divisó a alguien más que estaba frente a una lápida. Quizá si le preguntara, podría darle alguna pista sobre el paradero del chico, y Sami se dirigió hacia allí sin ninguna duda…

                         -    Por favor, señor… ¿Podría indicarme si ha visto a un chico de unos treinta años por aquí? Llevaba ropa informal, tiene el pelo oscuro y corto, y lleva barba de tres días… -, argumentó Samanta muy educadamente al personaje encapuchado.

     Todavía estaba tapado cuando sacó de su vestimenta una mano esquelética y huesuda para señalar la lápida frente a la que estaban. Y efectivamente, había respondido a la muchacha; en la lápida, el nombre de FABIO dejaba al descubierto que aquella era su tumba.

                  La infeliz Samanta se envalentonó y quiso destapar aquél que la acababa de sumir en el estado más desgraciado y miserable que podría soportar. Al descubrirle, cayó hacia atrás asustada; era el horrible rostro de Sua, el del mismísimo Sua. Sua frente a la lápida de Fabio
     Se derrumbo en la tumba de Fabio… Caía y caía… sin alcanzar nunca el fondo, mientras oía la risa aterradora y sobrecogedora de Sua. Hasta que alguien la despertó y la sacó de esa pesadilla.
     La agitaban de los hombros. Por primera vez, Samanta interrumpía  su grito agónico y abría los ojos.

“EN OTROS MUNDOS” (118)

  Cementerio S. C.  Ese sitio… Al levantar la vista reconoció el lugar… Era el Cementerio de Santa Catalina, aquél donde junto con Tirso y el Ser de Niebla de Silvia, había bajado al Averno para enredarse en esa intrincada guerra entre la Luz y la oscuridad de Sua.

           El chico que hasta entonces había estado descansando al lado de Sami, no dejaba de mirarla pasmado y atónito; así, en cuanto ella se despistó, corrió a darle un beso, pensando que todo era un juego. Samanta, evasiva, giró el cuello hábilmente, y se puso de pie zafándose de aquel muchacho.

              -    Venga, cariño… Deja la chanza ya, que tengo que darte algo -, dijo el chico.

                   ¿Cariño? Samanta no se explicaba por qué le daba ese apelativo…  Sin embargo, sus ojos… en ellos pudo ver un alma… Era el alma inocente y generosa de su amor Fabio. No era su cuerpo, pero sí su espíritu.

     A punto de volverse loca de alegría, se dirigió hacia él, y le abrazó a la vez que besaba sus labios dubitativos de abrirse, después de esa espontánea muestra de pasión inconmensurable. Sus piernas comenzaron a temblar al verla tan efusiva y afectuosa, rindiéndose a todo lo que quisiera de él, pero de pronto se acordó de que debía cumplir una promesa, y se apartó a disgusto de Samanta.

                             – A ver… El día que nos conocimos me dijiste que en tu veinticinco cumpleaños te diera esta cajita. Me hiciste prometer que nunca miraría su contenido… Pues bien, hoy es el día y aquí está el joyero pronunció él, enseñando el erario.

                             Samanta lo tenía ya en sus manos, cuando se sintió algo mareada, como si el sueño se enturbiara. Se restregó los ojos para ver mejor, y cuando buscó de nuevo a Fabio, éste había desaparecido.

“EN OTROS MUNDOS” (117)

     Todo negro… De pronto, un chispazo… Y tumbada entre hojas otoñales, Samanta volvió a ver el cielo raso; estaba azul y en él no había ni nubarrones, ni ningún elemento que amenazara su luz y su sol.  Azul
     Respiraba aliviada sin ningún mal augurio o presentimiento que pudieran distraerla de su placentera estancia entre aquella hojarasca,  e hinchaba su abdomen con el oxígeno puro de la vida y la serenidad.

   ¡Despierta!  La brisa jugueteaba  solazada con los mechones de su pelo, y sólo una vez, experimentó un escalofrío al saber que no estaba sola en… ¿aquel nuevo Mundo?
     Hasta que le vio, y se incorporó estupefacta. A su lado, un chico de más o menos su edad, dormía deliciosamente sin enterarse de la fascinación de Samanta. No era un total desconocido para ella.

                  Al levantarse, Samanta lo hizo sobre los dos brazos… Era imposible que su brazo derecho siguiera ahí después de que en la batalla del Averno había sido cercenado por un hacha enemiga.

                     Arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo… movía el brazo con suspicacia.

              -    Tiene que ser un sueño… No es real… -.
                            -    ¿Qué dices, Samanta? ¿Quieres ir a casa ya? -, interrumpió el chico de su lado, mientras bostezaba.

                  Samanta reculó asustada hacia atrás todo lo que pudo sentada en el suelo. No sabía si esa persona querría hacerle daño, pero después de todo se sentía completamente desorientada.

“EN OTROS MUNDOS” (116)

   El “Eje del Mundo” parecía estar ávido de la sangre de Sua; al igual que Samanta, que en su interior reía, manejando la posibilidad de que de aquella guerra, la Luz saliera victoriosa.

                  Cogió el suficiente impulso para que al arrojarle la lanza le hiriera mortalmente, y sujetándola siempre con el brazo derecho se dispuso a dispararla contra aquel monstruo lleno de avaricia y mezquindad del Averno. Sin embargo, en el mismo momento en el que la mano de la chica soltaba el arma, algo imprevisible pasó, que la llenó de espanto y pavor.

                       No podía creer lo que estaba experimentando… Su brazo había sido seccionado de un solo tajo por el hacha de un Ser de Niebla, que había augurado las malas intenciones de la febril Sami contra su jefe.  Incredulidad

                                       Samanta contemplaba su miembro mutilado en la nieve sin saber cómo reaccionar. No tenía lágrimas para llorar, pero la angustia y  el decaimiento se hicieron un hueco en su aterrorizada alma.

                                                 Y antes de que cayera desmayada, su ultima visión fue la del Ser de Niebla que recogió el hacha que había sesgado su brazo tan violentamente. Luego, se acercó a ella para acabar definitivamente con la muchacha.
     Todo se volvió negro y perdió la consciencia y la cordura que tanto hacían sufrir a la desgraciada.

“EN OTROS MUNDOS” (115)

   Si Samanta y Nadia habían aprendido algo de sus catanas, era que éstas eran unas armas tanto ofensivas como defensivas, y el escudo que se les dio a cada una de ellas, fue abandonado en un montículo de nieve.

            Duras combatientes       Luchaban con valentía y acierto entre los Seres de Niebla, no viendo más allá del enemigo translúcido con el que se enfrentaban. Y gritaban y se extenuaban por igual Seres de Luz y humanos orgullosos de serlo, mientras unos peleaban por su esencia y su espíritu, y otros, los de Niebla, por continuar como hasta entonces en el Averno, esclavizando a los hombres y mujeres que morían hasta que   se convertían en lo mismo que ellos, y ya jamás podrían rebatir a su dueño y señor Sua.

     El manejo de la catana es un arte, y a Sami, aunque principiante no se le daba nada mal, atravesando y cercenando a nebulosos del bando contrario. En uno de los instantes en los que se vio más desocupada, capturó a Sua con la mirada que iba montado en una especie de abominación parda y sombría,  seguramente sacada del infierno más infecto de las tinieblas.

                Nadia jamás retrocedía, y al estar totalmente concentrada en el nebuloso que tenía enfrente, no percibió que Samanta había sacado el “Eje del Mundo”. Dirigió la lanza a Sua, y se preparó para tirársela.

                                                -    Va  ser la última vez que creas que el Averno será eterno, criatura de los abismos -, afirmaba Samanta, a la vez que fijaba la vista en el centro del diabólico cuerpo.

     Jamás pensaría que iba a fallar… Nunca había lanzado desde tanta distancia, pero tenía que aprender a confiar en sí misma… Debía eliminar cualquier aspecto negativo… Debía preparar la mente…

“EN OTROS MUNDOS” (114)

  Hincada de rodillas en el suelo, la samurai se relajó y meditó en silencio con la mirada perdida… Hundió la daga en el pecho, acentuando el disgusto de Samanta, que contemplaba impotente todo desde los brazos de Nadia.

                   Después de que cayera a la nieve sin vida, los Seres de Niebla que hasta entonces habían estado combatiendo contra ella, se aproximaron amenazantes, y sin ningún respeto, se arrojaron hacia su cuerpo inerte y lo desmembraron hasta que no quedó nada de la guerrera.

       Samanta no podía soportarlo más y había retirado la vista de la violenta escena. Nadia se mordía los labios, horrorizada:

                     -    Los dos samuráis, el hombre y la mujer, luchaban como uno… Era una cuestión de honor que si uno perdía la Vida, el otro se vería obligado a quitársela… Es un sacrificio de amor, es bello si lo analizas desde su punto de vista -, estableció Nadia.
                                        -    Me hace recordar algo que me contaron hace mucho tiempo, cuando ignoraba estos Mundos y no sabía ver más allá de mi nariz… “La Guerra de los Amantes”, ésa en la que cada pareja de batalladores era invencible por el simple hecho de que cada uno de ellos luchaba por el otro; así, se convirtieron en el escuadrón más fuerte y valeroso -.corazón como trofeo
                  -    Sí, conozco la historia, Sami… Pero, también sabrás cómo acaba esa historia; vencieron a todos en una final y última acometida de forma muy fulminante y rápida, ya que mataron a uno de los amantes, y a partir de ello, todos comenzaron a desplomarse en el campo de batalla como si fueran un castillo de naipes… -, intervino, preparándose igual que Samanta para seguir con la ofensiva.

“EN OTROS MUNDOS” (113)

La catana del samurai    Fue demasiado tarde… Samanta llegó en el momento en que un Ser de Niebla clavaba la espada en el abdomen del samurai; era el centro de su alma, el continente de su ira, de sus emociones, de todo lo que valía la pena.

          Antes de morir, aún con la espada en su interior, se giró hacia su mujer y quiso decirle algo, pero en vez de voz de sus cuerdas vocales salía sangre, y se atragantó con ella, justo antes de que se le pusieran los ojos en blanco, y aterrizara en la nieve tiñéndola de un mortuorio y penoso rojo. Y cuando ya estaba en el suelo, el mismo que lo había derrocado sacó un hacha que guardaba en su espalda, y lo decapitó levantando luego la cabeza como si fuera un trofeo de guerra.

                  A unos pocos pasos, la esposa samurai contemplaba la escena con una mujer samuraicompostura admirable y sin pestañear siquiera… Cuando Sami estremecida se dio cuenta de que la mujer sacaba con determinación una daga de su fajín, y poniendo la hoja enfrente de ella, sin dar lugar a dudas, iba a clavársela.

                      – ¡No, no! ¡Suelta eso! ¡No lo hagas! -, gritó Samanta yendo hacia la reciente viuda. Pero alguien la cogía de la cintura y la retenía; Nadia retenía a Samanta…
                              – Para, Sami… Debemos dejarla hacer… ¡Basta ya! -, dictaminó Nadia.
                     – Es que no te entiendo… ¡Va a suicidarse! Lo que debemos hacer es evitarlo, Nadia -.

     El tiempo se había parado, y parecía como si su pecho estuviera expectante de que el puñal pasara ya a formar parte de su ser, como si que llegara a ella fuera su único objetivo.

“EN OTROS MUNDOS” (112)

     Los primeros en atacar fueron los Seres de Niebla… La pareja a la que Samanta no dejaba de escudriñar, respondió a la fuerza y la sapiencia de las tétricas espadas, con la técnica y la maestría de sus catanas.

             A los nebulosos podía distinguírseles al moverse violentamente en el fragor de la batalla, cada vez más si su furia y su cólera se encendían al tensar músculos y tendones en esa cruenta ofensiva contra la Luz.

               – ¡No hay que tener miedo, jamás! -, alentaba la mujer japonesa, sin dejar de derribar enemigos.

     Parecía dulce y frágil con su kimono largo de seda que justamente dejaba entrever sus zuecos de madera. Su cabello era largo y liso, y parecía que resplandecía cada vez que acababa con uno de los Seres de Sua; desde luego, Samanta prefería contarla entre los suyos, que entre sus contrarios.

    Guerrero samurai Realmente ésta, no hacía otra cosa que ayudar y proteger a su guerrero samurai que manejaba con las dos manos su afilada y cortante catana contra los perversos agresores. A menudo, derribaba el arma de su oponente, y a continuación le sesgaba alguno de los miembros para asestarle un golpe mortal…

     Hasta que su compañera fiel vio cómo le rodeaban los espectros, que al no atreverse ya a enfrentarse uno a uno con el guerrero,  habían decidido reunirse en su contra, para intentar entre todos matarlo lo más fugazmente posible. Ella luchaba con otros dos Seres de  Niebla que a punto estuvieron de aniquilarla un par de veces, y no pudo zafarse para defender a su hombre…      Samanta corrió a su lado, a la vez que exterminaba nebulosos a un lado y a otro…

“EN OTROS MUNDOS” (111)

     Fue la primera víctima en aquel combate de los Seres de Niebla… De su cuello cercenado aún emergía la sangre del desgraciado mensajero de paz; cuando su cabeza dejó de rodar, todo él se llenó de luz, y al momento se convirtió en una estatua como de cemento y hormigón. Las dos partes del cuerpo del varón explotaron ante los ojos incrédulos de Samanta y todos sus compañeros, como si hubiera tenido dentro sendas cargas de dinamita o pólvora.

                       El hombre se hizo mil pedazos, y luego desapareció como si jamás hubiera existido… Su cuerpo y su alma habían muerto ya para siempre por la espada de Sua…

                              Los guerreros de la Luz corrieron con sus armas en alto hacia los Seres de Niebla,   que estaban muy quietos; parecía que les diera igual la actitud amenazante de los otros… Estaban a diez pasos de ellos, cuando a los nebulosos no se les ocurrió otra cosa, que desvestirse completamente, quitándose toda capa, túnica o sayo; nadie así podía distinguirlos de forma fiel y fehaciente.

           Niebla

             
     Los Seres de Niebla eran sólo Niebla, y casi siendo invisibles comenzaron a mezclarse con los aliados de la Luz, confundiéndolos totalmente.

               Samanta y Nadia se miraron desconcertadas, mientras la niebla las iba cubriendo de una oscuridad sorprendente, que empezaba a soterrar sus ánimos y sus voluntades. La pareja de enfrente que antes cantaba, se habían sentido muy seguros de sí mismos hasta ese momento.

                                   Todo se había hecho silencio,  y la necesidad primera de esa guerra se tambaleó… Quizá la apreciación de poder acabar con el Averno fuera errónea.

“EN OTROS MUNDOS” (110)

  Mientras podían ver ya con claridad a los Seres de Niebla avanzando hacia ellos, la cancioncilla que tarareaba aquella mujer de ojos rasgados, fue poco a poco haciéndose un himno para el combate; y todos los que rodeaban a Samanta participaban de la arenga.

     De esta forma, todos los Seres de la Luz eran llamados a la fortaleza y la perseverancia, los de las dos especies, los de toda condición, los de cualquier sexo y edad, los creyentes y los que perdieron su fe… Samanta estaba orgullosa de su tropa; de los suyos…

     Los guerreros se preparaban con sus espadas, lanzas y catanas para recibir a las huestes enemigas que cada vez se iban acercando más y más, hasta que ya no hizo falta forzar la vista para distinguirlos.

     Sin embargo, antes de enzarzarse en la batalla un humano fuerte y valiente, salió montado en un oso polar, al encuentro de los nebulosos. Todos, hasta Nadia, parecían apreciar que fuera a intentar negociar con ellos, aunque a Sami no dejaba de parecerle una locura y una insensatez.

     Parecía que dialogaban con tranquilidad… Quizá llegara a un entendimiento con Sua liderando a las fantasmales criaturas. Sua los mira Sus ojos rojos se apartaron por un momento  del emisario de paz, para entornarlos despectivos, en Samanta y los demás.

     Entonces se volvió para buscar su espada, y sin que nadie lo esperase, cortó la cabeza del emisario. La cabeza rodó por el suelo, y el cuerpo del negociador cayó sin vida; el oso en el que iba sentado, reculó asustado de la algarabía y las risotadas de ese bando obcecado solamente en acabar con la Luz.