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“EN OTROS MUNDOS” (129)

     Los insufribles Seres de Niebla avanzaban hacia Nadia riendo a carcajadas. Ella veía muy claro su final, sin embargo, adoptando la pose más agresiva que pudo, se dispuso a cortar con su espada en dos a todo aquél que se le pusiera por delante.

                -    ¡Acabareis conmigo, pero antes me llevaré por delante a todo el que pueda! -, anunció Nadia.

                             Samanta desde la parte de atrás se sentía muy orgullosa de su amiga. No hacía otra cosa que preguntarse si podría hacer algo para salvarla, pero estaba en blanco.

Terreno embarrado
            Para su sorpresa, se fijó que el Gemelo rebuscaba en el barro y se ensuciaba las manos buscando piedras, de las más duras que hubiera.

                              -    ¿Qué es lo que haces? -.
                                          -    ¡Venga, ayúdame! Les arrojaremos piedras, quizá así les distraigamos y dejen a Nadia en paz… -.

     Sami se tiró al suelo para recoger piedras con su única mano. No sabía si funcionaría… Lo intentarían, a pesar de todo; luego, saldrían corriendo.

                      Cuando las espadas habían iniciado ya a cruzarse con la de Nadia, ellos empezaron a tirar piedras a los Seres de Niebla, pero no servía de nada. Las piedras los traspasaban como si nada; y es que eran niebla y humo espectral realmente… cuando los atravesaban, lo que sí se formaba en sus fantasmales cuerpos era un pequeño remolino de ceniza y humo, que desaparecía sin dañarlos en absoluto.      El saquito con la arena de Marte continuaba rígido en el suelo, hasta que el viento lo hizo tambalearse y caer.

“EN OTROS MUNDOS” (128)

    El muchacho que tenía detrás Samanta era uno de los Gemelos; el otro empuñaba su espada para defender a Samanta del ataque de los Seres de Niebla, que se acercaban primero tímidamente, y luego ya veloz e implacablemente.

              Al principio, el Gemelo que ensalzaba su arma echó una última mirada a su hermano y a Samanta, y cercenando todas las cabezas nebulosas que pudo en su fatal travesía, se enredó en la marabunta, que brutal e inhumanamente acabarían con él. Los dos supervivientes lloraban abrazados sabiendo que iban a correr la misma suerte…

                      -    Con él muerto, es imposible ganar a Sua y sus sicarios, es imposible -, susurraba el que sostenía a Sami.
                                       -    Ya no me quedan esperanzas -, añadió la chica, que notaba que cada vez le era más difícil hablar, y controlar que su voz no graznara como lo hacía la de un Ser de Niebla auténtico.

          De pronto, todos los nebulosos se voltearon para ver a la guerrera que se imponía en la parte posterior: Nadia enfadada

                                                -    ¿No os acordabais de mí, verdad, cancerberos del infierno? -, confirmó Nadia, abriéndose paseíllo entre los Seres malvados y crueles.

     Nadia sacó la cajita de terciopelo, y apartó con cuidado el saquito dorado de la arena de Marte. Los Seres de Niebla se pararon; al parecer, sabían que era un arma potente contra ellos, pero hacía mucho tiempo que se había perdido y quizá ya no tuviera la fuerza que los humanos esperaban que tuviera.

                        Desnudó la bolsita, y la dejó sobre el suelo. No pasaba nada, y aferró de nuevo su hierro esperando las embestidas de los destructores, que habían dejado de fijarse en Sami y el Gemelo que quedaba, para dirigirse a la vetusta Nadia.

“EN OTROS MUNDOS” (127)

     Efectivamente, alguien se acercaba a Samanta a toda velocidad; no eran ni Nadia, ni los Gemelos…  Era alguien o algo que había salido de entre las llamas, a quien su vista no lograba precisar, aunque su instinto le hacía presentir amenazante.

          Corría hacia la frágil Sami, emitiendo un grito gutural y bronco. Y ella se convenció de que fuera lo que fuese “no iba en son de paz” hacia ella. Además, llevaba los brazos levantados, y sujetaba lo que a la chica le parecía una tosca y ruda espada, que la estaba señalando como su próxima víctima.

               Aterrorizada    No se quedó allí esperando, pero el fatal personaje la persiguió por todos los pasillos en los que el fuego lindaba con sus pequeños y sencillos pies. Al llegar a la encrucijada, Samanta pensó que había perdido a su atacante… Sin embargo, en uno de los lados, las llamas se aplacaron para dejar paso a su temible cazador; que era uno de los Seres de Niebla, el cual toleraba perfectamente las llamas de ese implacable incendio provocado por Sua.

     No sabía si rendirse o continuar, ya que las posibilidades de escapar eran casi inexistentes, sobre todo al cerciorarse de que miles y miles de Seres de Niebla que descansaban entre el fuego, salían en ayuda de ése que perseguía a Samanta… Justo cuando ya se creía perdida, alguien le agarró de la cintura y le dijo que no temiera:

                       -    ¡No tengas miedo, Sami! Si aún puedes oler el fuego que quema y el azufre que envenena, es que todavía puedes liberarte de la muerte… -.

                  No sabría hasta tiempo después el significado de estas palabras, pero era cierto que su olfato era el de antes, a pesar de saber que si moría como un miembro de la Luz, siendo humana, simplemente dejaría de existir en cualquier dimensión, en cualquier Mundo.

“EN OTROS MUNDOS” (126)

     Todo ardía en medio de la oscuridad. Samanta desobedeció a su compañera, y comenzó a andar lentamente entre las llamaradas que iban consumiendo al reino de la Luz.        FUEGO

                No había nada ya entre las llamas… Ese fuego tan solo significaba el triunfo del Averno; que Sua y sus Seres de Niebla seguirían esclavizando humanos después de su muerte, para que les sirvieran y les utilizaran, al tener todas sus voluntades y libertades completamente derogadas.

                        Sería imposible encontrar algo de vida, así que Sami se aposentó Silla de piedraen una piedra con forma de trono, e intentó relajar el corazón, que le iba a cien por hora… Se encontraba muy débil… creía saber por qué… Estaba próxima su metamorfosis a Ser de Niebla; ella no quería, no quería… 

                            Justo entonces, le pareció que algo se movía, algo que avanzaba desde el ardor y las deflagraciones; se acercaba con sentencia a Samanta y tembló de miedo al presentir su llegada. Aunque, con su vista ya cansada, la chica no era capaz de distinguir con claridad de quién era la imagen borrosa del que, o la que, se estaba aproximando.

                       -    ¿Eres tú, Nadia? No puedo casi abrir los párpados… -, confesó Sami sabiendo que no era una buena noticia. 

    No obtuvo respuesta… No obstante, pensó que quizá también su oído estuviera seriamente dañado; de hecho, unos pitidos chirriantes se agolpaban y los sentía cada vez con más intensidad por todo el cráneo.

“EN OTROS MUNDOS” (125)

   Todos levantaron la mirada hacia el horizonte, y lo vieron teñido de un halo naranja, que se extendía a lo largo de todo el campo de batalla. Estaba todo encharcado y cenagoso; señal de que la nieve se había derretido.

Horizonte de fuego 

                         Nadia y los Gemelos parecía que sabían que lo que estaban percibiendo eran en realidad llamas y fuego… Hablaban entre ellos muy preocupados, y Samanta les preguntó sobre los sucesos…

                            -    Es fuego… Sua ha atacado a la Luz con uno de los peores elementos que podía hacerlo… Todos los humanos de su bando enemigo están ardiendo ahora y convirtiéndose en cenizas, y los Seres  de Luz son consumidos y esclavizados tras las llamas… el FUEGO es más fuerte que la Luz sola.  Esto quiere decir que la eliminación del Averno, depende sólo de nosotros cuatro -, informó Nadia, a la vez que una gruesa lágrima perfilaba su rostro.

                                  Los Gemelos se abrazaban entre sí, hasta que uno corrió hacia el escenario como fuera de sí  y dedicando graves insultos a Sua y a los que estaban de su parte. El otro hermano, Nadia y Samanta, le siguieron un poco más lentamente.

     Cuando llegaron, revisaron que todo era apocalíptico. A Sami le dolía mucho el pecho, y comenzó a  toser y a escupir sangre…

                                   -    Samanta, quédate aquí -.

                    Como hubiera hecho en otro momento, Samanta no se atrevió a replicar lo que le decían sus compañeros, y se quedó recostada en un árbol, mientras se alejaban unos cuantos metros.

“EN OTROS MUNDOS” (124)

    Así fue, Samanta caminaba entre los Gemelos; Nadia iba unos pasos atrás, cargando el “Eje del Mundo” y portando con sumo cuidado el saquito con la arena de Marte. Sami no podía ver bien y se cansaba a pesar de la poca distancia que habían recorrido, pero no quería admitir que quizá ella se había puesto en marcha demasiado pronto; no estaba recuperada de lo de la pérdida de su brazo.

             -    ¿Estás bien, Samanta? -, quiso saber el Gemelo más atento, dándose cuenta de que arrastraba los pies más de lo normal.

                       Empezó a ver dobles a los hermanos, y avanzó unos pocos metros hasta que todo adquirió un incómodo puntilleo que la hacía sentir como si fuera a  morir. Samanta cerró los ojos con la intención de que cuando volviera a abrirlos, esa sensación tan desagradable se hubiera esfumado; pero en lugar de ello, perdió el equilibrio, y si los Gemelos no la hubieran sujetado, hubiera acabado en el duro suelo.

                                      -    ¡Samanta, todavía no! Sé que te sientes débil ahora y con menos esperanzas cada vez, pero nos queda mucha lucha por delante… Ellos y yo, estamos tan condenados como tú a convertirnos en Seres de Niebla… es ahora cuando podemos combatirles y acabar con nuestra agonía en el Averno, siendo los esclavos de Sua… ¡Aportemos todo lo que podamos a la Luz! -, notificó Nadia, ayudándola a andar.

             -    ¡La Luz triunfará! ¡Victoria de la Luz para siempre! -, gritaban los otros muy exaltados.

     La oscuridad y la angustia la inundaban. Sami quiso hacer una pregunta que nadie supo revelar:

                                      -    ¿Y por qué no hay nieve aquí? -.

“EN OTROS MUNDOS” (123)

   Ante las miradas atentas de todos, Nadia abrió la cajita… Descubrió un pequeño saquito dorado, que no ocupaba más de la mitad de su mano.

                                 Saquito Dorado de Marte

               -    Lo sabía. No podía tratarse de otra cosa -, sentenció Nadia, conteniendo la respiración.
                             -    Explícate mejor, por favor -, pidió Sami.
              -    Claro, claro, ahora mismo…  Éste es un saquito de arena del “Desierto de Marte”, pero no es ni arena normal, ni un saquito como otros -.
                                       -    ¿Qué quieres decir, Nadia? -, increpó uno de los Gemelos.
             -    La arena de Marte es capaz de hacer visibles  otra vez a los Seres de Niebla, y además puede ralentizar sus movimientos hasta que se vean anulados del todo, caigan al suelo y se rompan en añicos minúsculos, que se convertirán en abono para la tierra… Respecto al saquito dorado que es su continente, creemos que es el de un dios egipcio que lo hizo sin fondo para esconderse allí, tras las pillerías que había cometido con  algunas aldeanas de la zona; y que para que los demás dioses no le encontraran, ni le castigasen… se las ingenió meiéndose en él -.

                   Fue la primera vez que Samanta sonreía en mucho tiempo. Fabio había regresado de su tumba para hacerle ese regalo, el que ayudaría a todos los partidarios de la Luz a acabar con los esbirros de Sua.

                               Ésta quería ir ya al terreno de la guerra, a pesar de seguir convaleciente, sin su brazo derecho. Era diferente; ahora se sentía con más fuerzas de las que creía tener.

“EN OTROS MUNDOS” (122)

    Samanta miraba a los Gemelos con atención, hasta que sin darse casi cuenta se le cayó algo de la mano izquierda que tenía cerrada desde que despertara. Nadia se apresuró a recoger del suelo la cajita rectangular de terciopelo negro.

                    Cajita negra
             -    ¿Qué es esto, Sami? -, preguntó Nadia, con la caja entre las manos, sabiendo la respuesta, pero queriendo comprobar si la otra lo ignoraba.
                        -    No tengo ni idea, de verdad. Sólo sé que en el sueño que tuve, Fabio me lo entregaba en mi veinticinco cumpleaños. Luego, desapareció y cuando lo busqué, encontré a Sua que me enseñó su tumba… ¿Se te ocurre qué podría ser? -.
          Nadia y la caja  -    Quizá… Aunque, tendré que abrirlo y asegurarme -, decretó.

                             El susto de Samanta fue mayúsculo al recordar el “Mito de la caja de Pandora”, y valorar que la que había traído de la ensoñación podría ser semejante a la de la leyenda griega, y si era abierta, expulsara hacia el exterior toda desgracia, todo mal, todo infortunio y toda desdicha, manipulado todo por el fracaso y la adversidad.

     Se precipitó hacia Nadia, y forcejeó con ella para quitarle la cajita. Pero, los Gemelos no la dejaron seguir con su controversia, y la hicieron de nuevo sentarse en la cama.

                  Samanta se sentía nula, como un cero a la izquierda.

          -    Lo siento, compañera. Tengo que ver lo que contiene -, se disculpó Nadia, tanteando para saber cómo proceder.   

                     Estaban nerviosos, pero en el fondo todos confiaban en lo que hiciera Nadia. 

“EN OTROS MUNDOS” (121)

                   El doble del chico le suplantó; era más fuerte y más duró. Dio a Samanta una bofetada, para que se callara…          

                 -    ¿Quieres calmarte ya? ¡Mejor hubiera sido dejarte ahí tirada y que te hubieras convertido en un asqueroso Ser de Niebla! – manifestó aguerrido y hastiado.            

               Después de la cachetada, Sami dejó de llorar, y el muchacho la soltó, viendo que se había tranquilizado.      Aunque realmente no se calmó hasta que apareció Nadia, inquieta por los gritos y chillidos.      

                                 -    ¡Estás despierta, Sami! ¡Cuánto me alegro! -, dijo abrazando a la de la cama, evitando el muñón de su brazo para no hacerle más daño.

            -    Tienes que decirme quiénes son éstos con los que me he despertado… Además no sé donde estoy; bueno, en el Averno otra vez… pero, ¿qué es este sitio? -.      

         Samanta se levantó precipitadamente, y se alejó todo lo que pudo del gemelo amable y del gemelo rudo con cara de indescriptible disgusto…

                        -    ¿De verdad no sabes quiénes son? Ellos te salvaron de que el del hacha no te cortase la cabeza… Gracias a ellos es que ahora estás hablando conmigo -, ratificó Nadia.

                      Gracias
                           Si eso era cierto, Samanta tendría mucho que agradecerles, pero al recordar la ausencia de su brazo, no era capaz de hacerles llegar sus disculpas; según Nadia, cuando Sami iba a lanzar el “Eje del Mundo” sobre Sua, uno de sus vasallos se dio cuenta y le arrojó un hacha que cortó su brazo. Así fue, hasta que perdió la consciencia, y los gemelos corrieron hacia ella para protegerla.

“EN OTROS MUNDOS” (120)

     Tardó un rato más en tranquilizarse; a punto de saltársele los ojos de las cuencas, Samanta empezó otra vez a gritar, sin conocer a quien tenía delante, y no saber lo que buscaba en ella. Su mirada tan embelesadora… era profunda y su piel morena; y apenas le dejaba fijarse en lo alto y joven que era.

     Sus fuertes y musculosos brazos eran los que sujetaban a Sami en aquella mullida cama…

             -    Tranquila, Samanta. Era solo una pesadilla, nada de lo que has soñado era real… Sigues estando en el Averno… Te hirieron, ¿te acuerdas? -.

             Ella revisó su brazo derecho… le faltaba. En su lugar,  solamente había un muñón que era el que le garantizaba que estaba en lo cierto todo lo que aquél le estaba asegurando.

                                    – Ya recuerdo: estamos en guerra… Estamos en el Averno… Y aquel mastodonte malencarado sesgó mi brazo con su hacha, luego, perdí el conocimiento…    Ya recuerdo -, sentenció Samanta, mientras comprobaba con tristeza la ausencia de su miembro superior.

                                                              No pudiéndolo soportar, echó a llorar desconsoladoramente… El muchacho no sabía qué hacer para reconfortarla; así que alguien que estaba tras él, de un manotazo, le retiró rápido hacia un lado.

     Ante el nuevo participante, la chica se tensó otra vez.  Y es que era igual al otro, igual al que le había confirmado que seguían en el Averno; los dos chicos eran como dos gotas de agua.

                           Gemelos