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“EN OTROS MUNDOS” (9)

     En el dormitorio, Fabio estaba pensando que Samanta le había dejado; habían discutido esa misma tarde por lo que él calificaba como tonterías, pero quizá para ella no lo eran tanto, y por eso había tomado la determinación de largarse de su vida y de su corazón. Sus ojos estaban vidriosos, y aún permanecía en estado de shock cuando se dio cuenta de que todo allí estaba desordenado y revuelto, como si el forcejeo en aquella habitación hubiera sido algo recurrente.
     Además, los armarios de Sami estaban intactos; toda su ropa seguía allí, y lo que necesitaría en un día normal seguía ocupando su sitio ignorando dónde estaba su dueña. A Fabio se le quitó un peso de encima, cuando tomó conciencia de que su novia no podía haberle abandonado; aunque la sensación de plenitud duró poco, al reflexionar en que Samanta no se habría ido donde quiera que estuviese sin un relevante motivo, sin que la hubieran obligado a dejar el piso.
     Samanta no había tenido ni un segundo todavía para pensar en Fabio. Estaba tan cansada que se durmió en el regazo de Silvia, hasta que cuando hubo amanecido,  Tirso las llamó para que contemplaran el precioso día que se había levantado en el camposanto.

sol en el camposanto 

“EN OTROS MUNDOS” (8)

     Samanta siguió a Silvia hasta un mausoleo, el cual presidía la estatua de la  escultura Virgen María exteriorVirgen María y algunos estáticos ángeles que discurrían entre su manto. Era como un palacete rectangular, que entre ella y Tirso,  habían acondicionado para que les sirviera de hogar.  Cuando estuvieron dentro, Silvia le curó las heridas de los pies con hierbas medicinales y plantas curativas que abundaban por el cementerio, y me amenizó con su resuelta charla y sus radiantes risas.

interior del mausoleo

                                                                                                                                                                                                                                                                                           -    Y, dime, Silvia… ¿Quién es ese Él con el que Tirso amenazó a los Hombres de Niebla con contarle todo si me hacían daño? -.

                       -    … Él es el Ser de Luz, el que viste combatiendo contra Sua, la criatura monstruosa de los ojos rojos. Los Hombres de Niebla son vástagos de Sua, y son débiles ante su poder; Sua y ellos quieren arrebatarte el alma antes de tiempo, antes de que mueras y el Ser de Luz pueda darte otras oportunidades en tu vida de redimirte y demostrar que eres merecedora de esa alma… -, explicó muy seria.
    

     La sensación de no haber sido la única con la que el destino estuviera jugando así, hacía que Samanta en su nuevo sitio no se sintiera tan desesperada, aunque todavía  a veces le parecía que estaba soñando.
          -    No sé… Todo esto es tan raro… -.

                   -    Yo llegué aquí hace tres años, ya estaba aquí Tirso. Hay agujeros dimensionales por todos lados, pero siempre me ha dicho que es mejor no cruzarlos, y esperar a que Él venga a acompañarnos a la vida  que nos corresponde -, continuó Silvia.

          -    ¿Eso no es rendirse? -, retorizó la otra, a la  vez que se ponía uno de los vestidos de Silvia, y se calzaba unas botas que le había ofrecido.

                     -    Cuando yo llegué, encontré a Tirso desfallecido… Había viajado por casi todas las dimensiones en diez años, y me aseguró que éste era el mejor mundo que podía encontrar para esperar a que Él nos dejara regresar -.

    

     Mientras tanto, en nuestro mundo, Fabio, el novio de Sami, lloraba su ausencia.

“EN OTROS MUNDOS” (7)

Tirso     Después se enteraría de que aquél que estaba dando la cara por ella frente a los fantasmas, era Tirso, el cual con voz autoritaria ordenó a los entes que se fueran  de allí, y dejaran en paz a Samanta:

     – ¡Dejadla en paz si no queréis que Él lo sepa! -.    

     Se apartaron temerosos poco a poco, y cuando todos los seres se marcharon, el hombre también se echó a un lado, dejando a la vista a una muchachita de unos quince años que se escondía tras él. Parecía débil y muy frágil, pero le habló con determinación:

Silvia

  -  Yo soy Silvia… Él es Tirso… Y hemos llegado aquí de la misma forma que tú, Samanta -.

  -    ¿Por un acuario? -, pregunté, menos consternada ya por no estar sola.

  -    No, yo llegué  por un agujero negro que se abrió en la pared, y a Tirso se le abrió uno igual entre unas rocas de un río… Quiero decir que los tres hemos llegado a este cementero a través de un agujero dimensional -, explicó Silvia.

  -    ¿Y también visteis al ser de luz y al monstruo de los ojos rojos peleando antes de venir aquí? -.

  -    Claro, pero primero vamos a curarte esos pies cortados y descalzos; te dejaré algo de ropa también… -, anunció mansamente.    

     Tirso había desaparecido, pero su nueva amiga le dijo que podía quedarse tranquila; que no era muy sociable, y casi siempre prefería la soledad a permanecer con ella. Silvia la invitó a que se fueran antes de que las entidades malignas volvieran por allí.

“EN OTROS MUNDOS” (6)

      Acurrucada bajo los macizos árboles, Samanta contuvo la respiración al escuchar murmullos en la noche; eso  quería decir que no estaba sola en ese cementerio nebuloso. Se colocó tras unos matorrales, y pudo comprobar cómo unos seres borrosos, como de humo, se reunían en la espesura, citados en ese lugar lúgubre y tétrico.

seres de niebla    
 
Los extraños seres se saludaban entre ellos y hablaban en una jerga completamente ininteligible e incoherente; pero, se podía percibir que entre ellos había una compenetración casi mística, un calor y una compatibilidad espirituales, que hacían dudar a Samanta, si debía continuar observándoles, o estaba violando el código secreto de alguna cofradía que tuviera algo inquietante que esconder.

     Mientras Samanta sufría las inclemencias del tiempo y los roces con piedras y ramitas secas en sus pies descalzos y heridos, los entes vaporosos flotaban en el aire con maestría y prepotencia, como si hacer uso de las piernas fuera algo antediluviano y prehistórico. Ella se quejó una sola vez suavemente, pero esto fue suficiente, para que una de las entidades se diera cuenta de que tenían compañía, y señalara el lugar donde se ocultaba la muchacha.      Salió corriendo, pero todos la perseguían como una jauría de perros rabiosos, hasta que Samanta cayó al suelo y rezó sus oraciones para que los entes que se acercaban amenazantes se evaporaran. No pasó nada de eso, y uno de los seres transparentes se agachó ante ella; pero, entonces apareció un hombre fuerte y osadamente templado, al que todos miraban con abnegación.

“EN OTROS MUNDOS” (5)

 niebla cementerio

     Todo era desconocido para ella, pero hasta cierto punto. Dio un rodeo con la vista… y se vio asediada por tumbas, sepulturas, nichos y panteones.
     No tenía ya ninguna duda: se encontraba ahora en un cementerio. Se arrodilló apresuradamente para leer lo que alguien había escrito en la gravilla para ella:
             

                Aquí estarás


                            más segura…

                                            … aseveraba la inscripción, con trazos firmes y afianzados. Samanta no sabía qué quería decir eso, salvo que a alguien le preocupaba cómo estaba; alguien, a distancia, la estaba cuidando, y la había hecho escoger ese camino para que nada malo le sucediera. Y, logró escapar así, de ese ser diabólico de los ojos rojos; gracias a la puerta, la cual le mostró el pez del acuario… y acabaría en ese agujero negro, ese portal a otra dimensión… Todo tenía ya más sentido. 

  – El ser de luz… el que luchó contra el monstruo… Claro, ése es mi protector, al que le estoy debiendo esta segunda oportunidad -, acertó Samanta.

 luna

     Suspiró más calmada, justo en el momento en el que el viento quiso levantarse irritado, como si el rumor de su voz le hubiera enojado, y de esta forma hubiera violado el abrupto silencio del territorio fúnebre. Tal fue su fuerza huracanada, que se borraron las palabras del suelo, e hizo tambalearse a Samanta, que tras haber sorteado la tumba abierta de la que había salido, buscaba entre la fría noche, el resguardo de unos viejos y desvencijados álamos. 

 

 

EN OTROS MUNDOS (4)

     Un chispazo… un fogonazo… y todo se apagó. Vuelta a la oscuridad. Samanta permanecía en el suelo… Era un suelo diferente al de su habitación, era como arenoso, como polvoriento… Ni humedad, tampoco. No estaba ni en su dormitorio, ni en el acuario.
     ¿Y el acuario? ¿Y los peces? ¿Y la escultura de la mujer del cántaro? Era todo tan artificioso, que Samanta quería olvidar completamente el combate entre el ser diabólico y el ser de luz en su cuarto, como si se hubiera tratado de un mal sueño; pero el dolor sí que era real, al ponerse de pie, notó que tenía varios cortes… Intentó sortear las piedras que se los producían, aunque no era fácil… Todo estaba negro, menos por la parte de arriba; no había techo, y una hermosa luna llena iluminó todo sobrecogedoramente.
    

     Era un agujero. Samanta quería salir de allí, a pesar de no saber hacia dónde.agujero dimensional
 
Lo pensó un momento mirándose a los pies heridos, y sufragó que no había nada peor que quedarse allí esperando sin hacer nada. Entonces, saltó unas cuantas veces como para tomar impulso; de esta manera, y trepando en la tierra como podía, Samanta logró apoyar sus manos en superficie firme, y salir de aquella excavación.

     Escapó de aquel subterráneo hoyo. Sólo cuando estuvo fuera, Samanta fue capaz de recapacitar, y jugó con una hipótesis que no podía creer:

  -    Esto ha sido… El túnel negro me ha traído hasta aquí… ¿Será otra dimensión? ¿Otro mundo? -. 

     Había algo escrito en el suelo, en la grava.

EN OTROS MUNDOS (3)

Samanta se encogió de cuclillas en un rincón del dormitorio, pero reunió el suficiente valor para acercarse poco a poco al acuario. Notaba una atracción singular hacia las luces, sentía como si fuera un imán lo que la hiciera reaccionar, y ella tuviera un corazón totalmente férrico.
     Ante ese acuario espumeante, se encontró completamente paralizada. Sintió un suave hormigueo por todo su cuerpo… Todos los músculos de su cuerpo se tensaban… Se apreció muy débil y a punto de desfallecer… Samanta experimentó en sus carnes que su tamaño natural iba disminuyendo paulatinamente; lejos de asustarla, una calma infinita la hizo entregarse a las aguas del acuario. Ahora, sus peces, los que le acompañaban en el agua eran más grandes que ella, y buceaba entre ellos.
     En su nueva situación, Samanta no estaba nerviosa… Era como si hubiera escapado de algo, algo que la perseguía… Y así era, pero no logró entenderlo, hasta que mientras aleteaba en las aguas, lo vio detrás del cristal. La criatura de ojos rojos y aspecto iracundo y colérico, era el ser más desagradable y desapacible que había visto,

vampiro   enfundado en un traje tan oscuro como la noche; la estaba observando fijamente desde el exterior del cristal, con sus sucias zarpas impresas en el acuario. Las quitó para remangarse, y atraparla en su nuevo escenario, cuando otro ser lleno de luz, al que Samanta no podía ver bien porque estaba cegada plenamente por sus brillos, se puso a luchar con el otro ser maléfico, encarnizadamente. Sin tener en cuenta lo que estaba pasando, uno de los peces de Samanta comenzó a dar vueltas alrededor de ella.pez Quizá quería que le siguiera: buceó detrás de él y le llevó hacia la figura de una mujer con un cántaro de  agua en la cabeza, o eso simulaba la figura estática. A Samanta le pareció que ésta tenía el brazo resquebrajado, pero al tocarlo para intentar arreglarlo, cedió, y la chica volvió a sentirse tan frágil e  inconsistente como antes.

“EN OTROS MUNDOS” (2)

     Samanta ya no sabía ni qué hacer. Abrió los ojos.

     Se había dado la vuelta hacia el lado contrario a ese alguien, o quizá esa cosa, que respiraba arrítmicamente a su espalda. Al rezongar este ser invisible hasta el momento, Samanta no pudo dominarse por más tiempo en la cama tumbada, totalmente  impasible, y conteniendo la respiración.

     Se levantó exaltada en medio de la oscuridad y, a tientas, encontró una silla que empuñó como arma arrojadiza.   Samanta atemorizada

     Gimoteaba por toda la habitación, rendida al no haber encontrado eso que tanto la había asustado.

-¿Dónde estás, dónde? ¡No me asustas…! ¿No vas a presentarte? ¡Eres un cobarde, un miedoso! ¡Un gallina medroso! ¡Un capón espantado! ¡Vete ya y déjame en  paz! -, gritaba histérica, como fuera de sí.

     Hacía mil y un aspavientos en la oscuridad, tirando con la silla, los papeles que tenía sobre la mesa, los libros que tenía en las baldas, el despertador y la lámpara que estaban en la mesilla… Nada más, nada de lo terrorífico y espantoso, que Samanta esperaba encontrar.

     Rendida y convencida ya de que todo había sido resultado del sueño y el estrés, dejó la silla, y comenzó a palpar la pared para localizar el interruptor de la luz.

     Justo iba a encontrarlo, cuando vio algo que la dejó inmóvil… El acuario, era el acuario… Algo raro pasaba…

     El acuario burbujeaba, borboteaba, echaba espuma… era como si hirviera. Los destellos blancos y azules que de él salían, iluminaban toda la habitación.

“EN OTROS MUNDOS” (1)

      Era una noche normal. Samanta se acostó agobiada porque le sobrevenían pensamientos sobre los problemas con su jefe en la oficina, aunque no estaba suficientemente cansada. Aunque, con un poco de suerte, enseguida se quedaría dormida y se olvidaría de todo aquello que la preocupaba.

     Antes de echarse y apagar la luz, había estado contemplando a sus peces, que buceaban por el acuario, sin planteárseles contrariedades como las suyas y las de otros viandantes, que cohabitaban con ella en este rutinario mundo.

      No paraba de dar vueltas en la cama. Era como si Samanta, en aquella noche oscura  tuviera a alguien más allí cerca, que la acompañaba en su vigilia; no estaba dispuesta a abrir los ojos y descubrir si era un juego de su mente, o se encontraba con una realidad fantasmagórica que superara la ficción… Una realidad con la que no quisiera toparse…

     De pronto, escuchó algo claramente: era como si alguien caminara por la oscuridad y…

     ¡Tan, tan, tan! ¡Tan, tan, tan! ¡Tan, tan, tan!

     ¿Qué era eso? Samanta reconoció aquel sutil ruido… Cuando alguien quería comprobar si los peces tenían conciencia del mundo exterior, daban golpecitos como esos al cristal del acuario, para ver si reaccionaban sus pequeños habitantes… Jugaban así con ellos, presumían que era lo que les gustaba a los chiquitines…

     No podía ser verdad. No podía abrir los ojos. Sería mejor…